REVISTA DE MARDULCE EDITORA
AGOSTO 2013 NÚMERO 05
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Cuerpo, misterio, poesía


La materia, el latido, y el pulso de los animales y de las plantas en Chesterton de Alejandro Crotto.

Es viejo eso del poeta que quiere nombrar por primera vez, que quiere recuperar una mirada perdida o generar a través del lenguaje una mirada nueva. Creemos recordar cierta luminosidad que tenían algunos objetos e imágenes durante la infancia. Conocemos el sentimiento de asombro, experimentamos cada tanto el misterio de las pequeñas cosas. Digo “nube”, pienso en las nubes, en la palabra nube, la repito, es una palabra suave, aérea, linda. Podrían no existir las nubes, y el cielo sería aburrido. Ellas lo pueblan, difuminadas o compactas, cambiantes, proyectan sombra en el mar. Hay una entera ciencia dedicada a clasificar las formas de las nubes. Todavía siento cierta desilusión porque sean gaseosas (de chica me dibujaba parada sobre una nube). Arrebatada, escribo un poema, dice: “nube”. Se lo muestro a mis amigos y nadie siente la menor sorpresa, el menor asombro por las nubes, ni por la palabra nube. Los poemas son pequeños fracasos, la poesía se mueve al borde del solipsismo.

Bajo la luna acaba de editar Chesterton, el segundo libro de poemas de Alejandro Crotto, que retoma el motivo del misterio y la renovación del nombre. Como corresponde a la buena poesía, aquí se corren los límites del solipsismo y el carácter enigmático del mundo pasa al lenguaje. En ese sentido, también el lector se acomoda dentro de la lambersiana en que se introduce el niño del primer poema para vislumbrar otro lado en las cosas. Mientras, los grandes están en misa, para “rezarle a Dios, que no se ve y es santo”. Desde esa apertura, el libro anuncia una mirada cuya religiosidad no es la de los mayores. El misterio que estos poemas exponen es, en cambio, el del cuerpo material, visible: el humano, pero más aún el cuerpo de los animales, el cuerpo de las plantas. La materia viva, la corriente, el pulso, los latidos. Crotto exige “que sea nuestro cuerpo la pupila”, la negra ventana a la percepción de lo que late en el mundo, de sus aspectos virtuales, lo que se oculta como otro lado en lo fáctico. Desde ahí apuesta por una escritura (que es siempre también una escucha) capaz de regenerar la percepción, de renovarla por medio del lenguaje: “así como la savia tras/ la espera del invierno por vasos diminutos/ despierta a los sarmientos y genera con íntimo/ cuidado flores, frutos…Así el verbo que sale/ de su boca hace nuevas las cosas si las toca”. O las palabras finales: “Mientras envejecemos/ se hacen más nuevas tus palabras”.

Y si vamos a abrirnos a esa alteridad, no hay escuela semejante a la atenta percepción de los animales –ya lo sabía Henri Michaux–. Crotto se detiene a observar a las vacas, a las gallinas, a los rinocerontes, a las abejas, a los caballos, al hombre. Ese es su rito personal, porque, como dice el título de uno de los poemas, “si usted va y mira una gallina durante una hora o dos, va a encontrar al final que el misterio más que disminuir ha aumentado”. Cómo no va a aumentar el misterio, si consiste precisamente en esa distancia, ese puente roto que nos separa de los animales, de la in-fancia, de la vida carente de lenguaje. Con los animales, como con los niños pequeños, no podemos hablar, no podemos preguntarles qué piensan.[1] Desde esa distancia, Crotto interroga las patas de la gallina, su ritmo al caminar, la estructura de las plumas, el pico, los ojos, su forma de moverse, de aletear, de estirarse, “quizá para despabilarse, para activar su circulación o algo así”. El poema del rinoceronte, que funciona como una suerte de adivinanza, merece transcripción completa:

Que sea pura desmesura compactada.

Armada la cabeza a ras del piso.

Macizo, la piel gruesa, un poco cosa:

Una forma monstruosa de belleza.

Mucho, inquietante, gris blindado.

Potente, amontonado hacia delante.

Monte indolente. Así: rinoceronte.

La métrica encuentra en este libro su mejor sentido: el cuerpo tiene alma, o para ser más acordes con el libro, tiene corazón (latido). Porque, claro está, se trata también del cuerpo del poema, su significante, su sonido, su ritmo. Crotto hace suyas las formas heredadas y las transforma, utiliza y varía las formas del soneto, del alejandrino, juega con las rimas internas. El poema hereda esas formas como un cuerpo más, y se impregna del misterio del devenir, de la transformación de todos los cuerpos a lo largo de los siglos, que lentamente nos trajo, desde el mar, “manos, aletas, la cola del vívido pavo real, la oreja del conejo, el renacuajo”. El lenguaje está también en ese mar vivo, que “trepó a la orilla” y entonces “las antiguas musarañas sacaron de sus entrañas/ dromedarios, elefantes de trompas extravagantes, delfines”. El misterio de la creación, motivo antiguo que Chesterton revisa con éxito: el del cuerpo en devenir, produciendo más cuerpo, pariendo ese cuerpo. Crotto observa a las hembras parir: “¿Ves sus ojos, las fuerza que las tiene?/ No hay nada más hermoso./ No vas a acostumbrarte nunca”. La naturaleza (también la del hombre) ocupa el primer plano. Ya en Abejas, su primer libro, se afirmaba “me parece que nunca voy a ver un poema más lindo que un árbol”.

Y toda esa historia natural transcurre ciegamente. La vida es ciega, la fuerza ciega, “el árbol que ciegamente tuerce las ramas a la luz”. El cuerpo es la expresión palmaria del inconsciente. Realiza todas sus funciones sin que nos percatemos de ello. Un inconsciente primitivo, que compartimos con los animales y las plantas, anterior a la represión y a la conformación del aparato psíquico. El cuerpo llora, el cuerpo ríe “la risa de su carne”. El cuerpo-pupila ve toda esa ceguera, y rinde culto al asombro, cuyo Dios está ahí. En uno de los mejores poemas del libro, “Oración”, se le pide: “Danos la paz de tus caballos mojándose en la lluvia/ Tu paz de brasa fija./ Tu paz de siempre dar, tu paz que enhebra./ Tu paz del corazón cuando descubre/ que se quiere mejor desde la herida./ Rayo manso de Dios, Cordero, dánosla”. Es la plegaria del cuerpo sin paz, campo de fuerzas en lucha, cuerpo del miedo, miedo ante el dolor pero también ante los cielos y su “belleza aterradora” –la angustia que genera la belleza, esa sensación de que nuestro cuerpo no basta para gozar de ella–. Una plegaria que habla también del deseo, de la potencia: qué puede un cuerpo, nadie sabe.

Si la literatura transporta el misterio de la vida al lenguaje, la palabra conserva un carácter mágico. Que la palabra sea como la savia, que el verbo renueve y dé vida, es un deseo primigenio. Que la percepción se detenga e interrumpa el fluir de la costumbre. Detención, cesura, la muerte en la vida (del poema), que la historiza, la fecha, le da su forma y su métrica. Crotto utiliza los deícticos (esto pasa acá), y así consigue evitar la sentencia y hablar de eventos concretos. El misterio es siempre este misterio: el de la singularidad, el de la irreductibilidad a leyes de lo que acontece. ¿No es eso lo que nombra la palabra milagro? Escribir es como buscar ese milagro, aunque sepamos que la poesía no es ningún milagro sino apenas trucos de magia.

[1] John Berger afirma: “Los animales ofrecen al hombre un tipo de compañía diferente de todas las que pueda aportar el intercambio humano. Diferente porque es una compañía ofrecida a la soledad del hombre en cuanto especie. Esta modalidad de compañía muda se consideraba tan simétrica que no es raro encontrar la creencia de que es el hombre quien carece de la facultad de hablar con los animales: de ahí todos los cuentos y leyendas de seres excepcionales, como Orfeo, que podían hablar con los animales en su propia lengua”, Mirar, trad. Pilar Vázquez Álvarez. Madrid: Hermann Blume, 1987, p. 12.



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