REVISTA DE MARDULCE EDITORA
AGOSTO 2013 NÚMERO 05
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Lo que el cielo cede


Sobre los poemas de Marina Achával y los poetas "visitados".

Los poetas franceses, los grandes poetas franceses, receptores de fulguraciones que algún día compondrán el esplendor definitivo o el pleroma, no soportan la anécdota. Yves Bonnefoy, cuyo propósito de imperfección nos devuelve siempre una moneda brillante, rechaza el poema narrativo, una especie de debilidad que aflige a la poesía, que le inflige ese dolor que solo los poetas franceses, con su altísima dignidad ajena a la anécdota advierten.

Por ajeno y por argento, por prosaico tal vez, porque me corona y me reduce la anécdota, nunca tuve esa percepción de lo abstracto, del gran momento que estaba para mí, tal vez esperándome. El encargado de esperar, en cualquier caso, siempre fui yo, con una paciencia parecida a la de esa modelo de Balthus, que en el cuadro epónimo parece balancearse o mecerse  —pero es imposible: un cuadro es una superficie fija, sin movimiento— sobre la banqueta de un piano vertical.  La epifanía no ocurre; el desenlace en apariencia fue disuadido. Por eso tengo una admiración rayana en la idolatría por los poetas “visitados”. No son muchos, claro. No es fácil profesar un oficio ni practicar una religión cuyos signos, cuyos dilatados signos y símbolos pertenecen a una especie de idioma privado, exclusivo, a una criptofasia, a un solapado solipsismo. Claro que existen Santa Teresa y Lezama Lima. Y Lautréamont. Y Theodore Roethke y Dylan Thomas. Y Viel Temperley y Sergio Bizzio acá. Y Arturo Carrera. Para guiar este extravío, voy a tomar de cada uno de ellos (la poesía no se deja citar, hay que apropiarse de las palabras, y hacerlo es una violación, exige violencia) unos harapos, unas hilachas, unos fragmentos. Para trazar, sobre y contra una geografía estable, inapelable, un mapa que intente desorientarnos por completo. Para tratar de explicar (la poesía tampoco se deja explicar, claro) este extraordinario ejercicio de Marina Achával.

Sobre una música muy, muy tenue que de ninguna manera es música ambiental ni un acompañamiento, Marina Achával ordena las palabras de acuerdo con una especie de consigna dictada por las nubes, como si jugara a un juego en el que su observación —y sobre todo su falta de observación— reservara luego, cuando ya el juego ha concluido, una especie de fuga de resultados, una solución tan ajena al cálculo como a la especulación. En ese sentido ha sido visitada, “transportada” de una escena a otra, de un paisaje al próximo, como si se tratara —las tribulaciones de un chino en China— de una travesía inequívoca, al cabo de la cual hubiera reunido una pequeña audiencia de lectura. Por eso es muy lícito y legítimo prestar atención a su presentación, en el sentido siguiente, en el sentido en que hay una hospitalidad, una gentileza generosa —y hasta puede exagerarse: abusiva— en el juego con que reúne esos argumentos de tránsito que son a fin de cuentas sus poemas.

En realidad, Marina es tan lírica que con su levedad borra del poema cualquier excrecencia narrativa, o la discreta travesía del poema —su traslado— lo hace. El rastro es el rastro de un gamo estilizado. Una operación de esa índole no reclama abstracciones como “pureza” o “indulgencia”, ni siquiera vehemencias más presentes de la lírica contemporánea como “sutileza” o “delicadeza”. Reclama verticalmente una atención, una proclividad; y la toma sin reparos, la arranca.

Ahora bien, lo que el lector encuentra no es desconcertante, es el bosque del relato convertido en el verso alado del poema. Ese conjuro, esa transformación se debe sin duda a una operativa involuntaria de lo que Lezama Lima llamaba con veneración “la cantidad hechizada”. 

En un momento sublime de su prolongado diálogo y penitencia espiritual, Santa Teresa habla en el mejor castellano de este mundo del “babeo de asco de mi nada”, alcanza a decir hasta ese borde algo que nadie nunca. Hay que admitir e incorporar el éxtasis de cámara, el éxtasis secreto, y encontrar las palabras que Beckett nunca encontró en primera persona para desdeñar el énfasis y caer bien parado en este u otro pleonasmo de niebla. O ser encontrado por ellas, las palabras. También Lezama tropieza a ciegas, aunque le venga dictado por el ritmo hesicástico, con la fábula y la desventura de Narciso a cuestas. “Es, voy a decir” —dice— “como si le mordiera la raíz ignominiosa un ramo de tigrecitos encandilados”.


Y Viel: “Vengo de comulgar y estoy en éxtasis”, confiesa Héctor Viel Temperley, “porque he comulgado como un ahogado”. Persuasión bendita del nadador de aguas anchas defendido  defendido a sus anchas por el estilo. Crawl.

Sergio Bizzio se anima a callar en “Mínimo figurado” que el mundo visible lo fascina también con la misma tentación canalla, pero perdí el libro y la precisión de las palabras por él empleads. Voy a citar solo a dos poetas más, a falta de palabras propias. A Weldon Kees, por ausencia de Wallace Stevens (o del ubicuo John Ashbery, que no me gusta nada).“No espero del río más que aquello que al agua se me permite ofrecerle”, dice Kees, sublime sin interrupción. Y Braulio Arenas, por ausencia de Lautréamont, tácito casi por tímido: “Un poco más rápido, pequeño ascensor./Desciende con los recuerdos de este pequeño grupo de ahogados./Nadie podrá encontrar a Nadie”.

Tengo para mí que la superstición de no citar al poeta presente, al poeta presentado nace de alguna estupidez social, tiene el gusto, el sabor envejecido, avejentado,  de esas interdicciones de clase hoy (como se decía también en otros tiempos)“superadas”. Y se me ocurre que debe de haber sido formulado, “estipulado” después seguramente de una anécdota. Pero nunca se sabe. La anécdota alcanza así, como le gustaría a Bonnefoy, su nadir de perfección gratuita. Y entonces yo, resignadamente, puedo saber que mi oficio de presentador no ofende el oficio de poeta de Marina.

Y referir mi anécdota no reduce ni limita el alcance de esta, por llamarla de algún modo, ceremonia. Hace muchos años, a fines de los ochenta, cuando las presentaciones eran más frecuentes que ahora (o cuando acaso los concurrentes no éramos tan atrevidos), Arturo y yo, Arturo Carrera y yo, para no citarlo, cuando las exequias reclamaban palabras porque el libro había sido presentado ya por las tres eminencias, la santísima trinidad que el ICI, o el lugar que fuera, exigía, nos miramos desconcertados, sin visitación y sin anécdota. Arturo, repentista y componedor, genial, lo solucionó enseguida:

—Otro libro que se nos va— dijo.                         

*Texto originalmente escrito para ser leído el martes 14 de mayo de 2013, en la presentación del libro de Marina Achával Lo que el cielo cede en Leopoldo.



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