REVISTA DE MARDULCE EDITORA
AGOSTO 2013 NÚMERO 05
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La extraña pulsión de algunas prosas


Una lectura atenta y exquisita de El hijo del cielo de Victor Segalen, en el que el mundo maravilloso de la China Imperial se vuelve introducción a la vanguardia occidental.

Como Robert Walser, Víctor Segalen murió mientras caminaba por un bosque. Menos desprevenido que el interno suizo, Segalen fue encontrado al día siguiente con una extraña herida abierta en el tobillo por la cual, aparentemente, se habría desangrado y con un ejemplar de Hamlet abierto a su lado. Según Paul Claudel, que lo había conocido durante su primera estadía en China, se trató de un suicidio. La puesta escenográfica hace pensar que estuvo en lo cierto. El hecho de que Segalen fuera médico y supiese cómo autoinflingirse una extraña incisión letal también. Y las semejanzas entre su muerte y la de Paul Gauguin, en quien Segalen había encontrado un precursor artístico clave al que le dedicó una serie de ensayos, casi pareciera confirmarlo. Pero no es que importe acá si es cierto que, con la vuelta obligada a Francia, Segalen había recuperado las profundas depresiones de la adolescencia o si es que había redoblado su consumo de opio para superarlas: no es por paparazzismo literario ni por desvelos de biógrafo que esta escena importa, sino porque ella condensa una estética de escritura que incorporó a la vida como performance. Segalen es uno de esos escritores que no solo hicieron de su vida material sus libros –¿quién no, después de todo, si tenemos en cuenta que las lecturas son parte de una vida? –sino que fue más allá, que supeditó esa vida a un guión que, por construcción de una poética o por deficiencias de casting, quién sabe, terminó tomándolo a él como personaje. 

A veces partes de ese guión quedan en manos de otro, como ocurrió con el libro Écrit en Chine de August Gilbert de Voisins en el que este último cuenta la expedición que juntos hicieron entre agosto de 1909 y enero del año siguiente a la región casi inexplorada de China Central. Si, entre tantos otros, aparece mencionado acá es porque, además, Gilbert de Voisins es el “muy querido compañero de corazón y aventuras” al que Victor Segalen le dedica El hijo del cielo, novela con la que Mardulce contrasta la insólita ausencia de traducciones de Segalen en la Argentina (no al español), y afortunadamente lo hace con versión de Ariel Dilon, escritor y traductor de Marcel Schwob, Le Clezió, Clément Rosset y Alfred Jarry, entre otros.


Esa primera expedición de Segalen fue crucial en la construcción de “la serie china” –digamos así, para diferenciarla de “la serie polinesia”- de obras de Segalen en la que se inscribe El hijo del cielo junto a René Leys y Estelas (este último libro, dicho sea de paso, se suma a la conspiración contra el yermo local: fue publicado en 2011 por Ediciones Activo Puente, en versión de Federico Gorbea, con posfacio de Luis Gusmán). Cinco meses antes del inicio de ese viaje, empezaba también la primera de las estadías de Segalen en China, más precisamente en Tianjin, donde trabajaría como intérprete, profesor en la Universidad Imperial de Medicina y médico a cargo del hijo de Yuan Shikai, primer presidente de la República de China. No era precisamente un turista, como se ve. Ni tampoco un viajero. Segalen, que vivió la mayor parte de su vida fuera de Francia, aborrecía ambas figuras, y lo dejó bien claro en los mordaces comentarios que en su extraordinaria novela René Leys le dedica a Pierre Loti, contemporáneo suyo, un poco amigo suyo también y, sin duda, el escritor que encarnó sin ningún titubeo al viajero decimonónico fascinado por el Oriente, autor de infinidad de libros que pueden leerse como un catálogo no intencional de mitos exóticos. A todos esos libros –los de Loti y los de muchos de sus contemporáneos–, Segalen les contesta con otro, Ensayo sobre el exotismo, que en realidad no es un ensayo sino un cuaderno de notas preparatorias (lúcidas, indispensables) y en realidad no es sobre sino contra esa forma de andar por el mundo reconfirmando prejuicios etnocéntricos que caracterizó a infinidad de viajeros escritores o viceversa que participaron en distintas formas de las avanzadas coloniales europeas. Se podría decir que, lejos de esa mayoría, Segalen está próximo a T.E. Lawrence, y en gran parte lo está –ambos residentes de largo aliento, no figuras de paso; ambos estudiosos de esa cultura extraña, no aprendices culturales; ambos integrados, activos, no meros observadores– pero hay entre ellos una diferencia crucial: la inmersión mimética en “lo Otro” de Lawrence está ausente en Segalen, quien en paralelo a los estudios eruditos y a la experiencia y a la empatía hacia esa cultura extraña, se autoimpuso un riguroso programa de ejercicios de distancia, de conciencia de su propia alteridad. Desde esa estética, desde esa política Segalen construye todos sus textos.

Hasta que la Primera Guerra lo obligó a volver a Francia, más precisamente a Brest, Segalen trabajó durante esa primera estadía china en la escritura simultánea de cuatro libros. Dos de ellos son los que más explícitamente abordan tanto las pugnas entre los poderes locales y los de las potencias europeas en avance como el modo áspero, fascinado, reticente, pretencioso e inocente en el que un escritor europeo se inserta en ese estado de las cosas. Uno de esos libros es El hijo del cielo, en el que se narran una serie de episodios que tienen por centro la figura del Emperador Guangxu, uno de los últimos íconos dinásticos previos al advenimiento del sistema republicano, quien gobernó entre las últimas décadas del siglo diecinueve y la primera del veinte. O más bien quien fue Emperador, porque quien realmente gobernaba era su tía, la Emperatriz Viuda, como tan incisivamente se encarga de dejar claro esta novela que no solamente toma un período histórico definido, como las otras de Segalen, sino también los nombres propios de ese período.

Con ese recurso, El hijo del cielo subraya, se sumerge aun más en la ambigüedad siempre presente en Segalen. Porque uno de los puntos más interesantes de su narrativa es que no intenta una clara “ficcionalización de un momento histórico” –típico recurso de “grandes novelistas” por los que, dicho sea de paso, Segalen, igual que su gran amigo J.K. Huysmans, tenía aversión– sino que se mantiene en una zona borrosa entre la ficción y la no ficción, en un estatuto donde lo literario está decididamente presente pero no por eso delimitado, domesticado, tranquilizadoramente diferenciado de la Historia. En esta novela, esa zona híbrida se construye a partir de varios frentes. Casi todos ellos son fragmentos, el formato Segalen por antonomasia, que en este caso toman la forma de edictos imperiales en los que se detallan los protocolos a seguir en un acto de traspaso de poder, en la celebración de un matrimonio, en la entrega a los castigos del Cielo; o la forma de poemas en los que el Emperador se cuestiona cuál es la mejor estrategia para hacer frente a una amenaza de invasión, se pregunta por qué no llega su concubina favorita, se cuestiona el turbulento lugar que le ha tocado como esfinge de un sistema en plena disolución; o la forma de epístolas; o de registro etnográfico de ceremonias entre las que sobresalen aquellas en las que los enviados europeos no solo pretenden hacer negocios sino demostrar hasta qué punto ellos jamás se prosternarán frente a los dictados y los protocolos de esos seres de ojos rasgados. En estos últimos casos, cuando Segalen describe los modos europeos frente a los chinos, la ironía hacia sus coterráneos es doble, punzante, como si hubiese en él un politicólogo que ya está viendo cómo, en menos de un siglo, Occidente tendría que aprender y practicar más de una forma de prosternación hacia el Imperio amarillo.

Pero no dejemos que el sobrevuelo de Walser imponga sus derivas: otro de los recursos hibridizantes de Segalen en El hijo del cielo, y uno de los más interesantes, y el último enumerado acá, es la figura del Analista, que es un escribiente de la Corte cuyas misiones principales son narrar la historia oficial e interpretar las efusiones poéticas del Hijo del Cielo, pero también es un alter ego de Segalen pero también un narrador clásicamente omnisciente pero también un protagonista que no duda en incluirse en una primera persona en el momento menos pensado. Segalen se entrega a ese zigzagueo, bastante poco le importa si el lector también: no hay nunca en él ni uno solo de los tics de esos escritores preocupados por volverle al lector las cosas comprensibles, como si fuera una protección paternalista la que se busca al leer y no el rastro de esa extraña pulsión que habita algunas prosas.



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