REVISTA DE MARDULCE EDITORA
AGOSTO 2013 NÚMERO 05
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Sobre El preceptor


Un comentario del ensayo de Michael Hagner como el de una pesquisa que atraviesa los géneros, los documentos y los archivos.

¿Se puede pensar en una teoría del lector? La construcción de un universo de la lengua que se activa con cada nueva lectura es personal, y tanto lo es como la memoria, capaz de funcionar subrayando nociones, párrafos, o palabras, no de manera aleatoria sino con una segunda mirada (o con una primera, poseída en el deseo de leer, en la infinita curiosidad por el saber y sus interrogantes). En ello se centra la percepción en la experiencia de lectura, más allá del agrado o irrupción emocional del texto en la vida del lector, las sensaciones de participar en un suceso único, el ingreso a la página desconocida, son irrepetibles, y en eso el lector es tábula rasa, acepta las condiciones del pacto como cómplice incondicional. Fuera de toda clasificación, cada lector también es único, y su saber, al contrario de cada libro, es irrepetible: las combinaciones de cada experiencia de lectura hacen a la historia literaria. Ahí aparece la genealogía de las bibliotecas, los enlaces entre el recuerdo de un estilo, el peso del tiempo, la desazón de la existencia.

El lector al que me refiero desconfía de lo unánime, aquello que con características de histórico, valida un saber general tan inaprensible como el fino polvo durante una sequía de ideas: en todo se filtra, y los mecanismos sociales exponen los engranajes a una sutil erosión del sentido que, aunque común, invocando una voz general (y más aún en estado de masificación institucional), exhiban un reclamo que instala la noción de lo justo como propio, como un bien inalienable y que los define. Michael Hagner es un lector despiadado que atraviesa todo documento (las actas judiciales), todo texto (especialistas, médicos, prensa), y las dispares migajas que han quedado de un caso en apariencia policial, pero también pasional: en la fina trama de complicidades involuntarias, hay un olvido, un cuerpo a la deriva. El niño-educando muere a manos de su Preceptor.


¿Se puede escribir una verdadera biografía? ¿Y reconstruir una historia por completo? En La Cartuja de Parma, Stendhal pone en abismo la capacidad de la literatura para “dar cuenta” de lo ocurrido. En la batalla que describe nada es claro, o lo único visible es el caos absoluto, la imposibilidad de saber qué ocurre más que una simultaneidad apabullante, que obnubila la percepción. El sujeto queda a merced del caos y su existencia es una deriva de lo casual. En la misma línea, ¿es posible describir a un sujeto, reconstruirlo en la escritura? ¿Es posible encontrar todas las facetas de la verdad detrás de un crimen? ¿El expediente judicial alcanza siquiera a rozar una mínima fracción de lo ocurrido? Para la culpa inmediata el expediente condena, pero para sanar la herida social, la justicia es insuficiente. Es más, la verdad es mísera, eso experimenta Hagner. Y los lectores también, de ahí que su exploración en su busca tenga como resultado una revisión del género novela. Es que ninguna ciencia social, ningún recurso del saber humano, resulta suficiente, por tanto la narración invoca al género que recurre a todas las herramientas del conocimiento desplegando la trama de lo que pudo ser lo real, y cuál su lado siniestro, eso que inquieta en subgénero policial, pero que nos aleja en el tratado psicoanalítico. Hagner moja los pies en todos los barros de época, en esos malentendidos que generaron desde un cuestionamiento a la jerarquía ética de la clase burguesa bajo el reinado de Guillermo II de Alemania hasta aquellos sutiles detalles del ideal físico del buen germano. Con un agregado que, a mitad de la novela, ya es un ancla indisimulable: el relato es imposible, no porque no lo logre, sí, lo hace con destreza cautivante, ése lector desconfiado gana la fe de quien lee, que lo acompaña con interés. El tema, como siempre, es otro, en este caso, que la red de la trama se fortalece con ignorancias que eran certezas, con descuidos burdos, con la pregunta que una y otra vez asoma sin formularse: ¿cómo pudo ocurrir esto?

Al acceder a Yo, Pierre Riviere, habiendo asesinado a mi madre, a mi hermana, a mi hermano… de Foucault, la lúcida estrategia desplegada por Hagner pone en cuestión el análisis sociológico, su insuficiencia. Tal vez allí anida la razón de ciertas diferencias entre las artes, como la imagen, el testimonio (o la reconstrucción de la escena por el cine), adjunta la crudeza de la duración del plano. En la versión cinematográfica de Yo, Pierre Riviere...,a cargo de Rene Allio (1976), participa en el guión Pascal Bonitzer, crítico de cine excepcional, de una lucidez admirable. La puesta en escena de Allio pone al asesino Riviere en la nada misma de su acción, en la suspensión del sentido, en la gratuidad de la muerte en sí, y el inconsciente se descarna en la manifiesta pulsión incontrolable. También allí, lo explicable agoniza, el saber del espectador no alcanza a completar la verdad, ni la divinidad como último recurso asiste, salvo lo siniestro. Y es aquí donde aparece el film La cinta blanca (Das weiße Band - Eine deutsche Kindergeschichte) de Haneke, donde sí la reconstrucción histórica, el naturalismo desbordante y el parsimonioso aleteo de lo oculto, de la falla social, resignifica en una escena, con otro crimen, todo símbolo futuro, toda marcha triunfal por más masacres.

Volviendo, la materia de Hagner es el discurso, el proferido, el legado, el legal y el más novedoso: la noticia que circula generando sospechas y manipulaciones. El clima de caos discursivo es comparable a la catástrofe de vodevil que reconstruye Fritz Lang en M, el vampiro de Düsseldorf, donde el asesino de niños aterroriza hasta enfrentar a un tribunal popular. Ese terror está en la intervención de la prensa, la opacidad burocrática, el miedo político, en la miseria misma del entramado social en vías de descomposición. [Lang había titulado como Con M de muerte, el asesino está entre nosotros, pero el aparato de propaganda en ciernes sugirió el otro, menos profético.] Y también, como ese material discursivo no puede capturar la plena imagen del condenado Dippold asesino de un niño, no puede personificarlo como la representación en cine, es donde la inquietud sobre el otro (¿qué era en realidad?) migra hacia otras voces literarias, llamadas a la construcción del imposible pasado. Con el análisis entomológico de Thomas de Quincey, evocando la paciente lógica envolvente de Franz Kafka, El Preceptor evita todos los vicios para la construcción de un Golem. Pues el monstruo, también, está en otra parte. En alguna medida, el desmontaje de la producción social en la muerte de un niño, tiene dos voces tan autorizadas como casi simultáneas: Invitación a una decapitación de Vladimir Nabokov, a la vez homenaje (o paráfrasis estilística) de En la colonia penitenciaria, escrita en 1914 por Kafka. ¿Cuánto del verdadero Preceptor fluye en esas nouvelles simétricas? ¿No hay allí una mancha de sangre que sube del pasado tan reciente que marcaba a 1903?

El sabor que deja El Preceptor, es el de la angustia con las páginas de la historia a cielo abierto: luego, tan luego de una primera guerra devastadora, llegaría la millonaria masacre por un ideal vitalista, primitivo y exaltado en el paroxismo de todas las crueldades posibles. Encontramos que el dippoldismo, excitación sexual que produce el castigo a los niños, era una pequeña alarma, la débil señal –entre tantas otras– de la derrota humana. Luego están las comparaciones con nuestro caudal de lecturas próximas (incluyendo las sociales). Hay un caso policial, que en su complejidad y tratamiento, prefiguró nuestro íntimo terror argentino. Entre 1971 y 1972, Carlos Robledo Puch de 20 años, cometió más de diez asesinatos, junto a violaciones, robos, también desfiguró cadáveres, y todo a “sangre fría”. Hijo de una familia de clase media acomodada, sin traumas individuales ni problemas de salud, la psiquiatría no encontró una causa constatable para su conducta criminal, pero fue condenado y aún está en la cárcel, donde probablemente muera. En el contexto, como ángel rubio, joven bonito y aniñado, la sociedad argentina estaba conmovida. El lobo vestido de cordero. ¿Qué contexto siguió a la detención del raid criminal de Robledo Puch? ¿Qué manifestación psico-social ha ingresado a la historia de las ciencias? ¿Qué definición quedó de su fugaz intervención? ¿Terrorismo de Estado? Y tal vez un socías, otro ángel rubio, un tal Astiz (nació en 1951, Robledo Puch en 1952). Emblemático lobo marino encargado de entregar ovejas al matadero, donde también los padres –abuelos, tíos, hombres de bien, educados en la firmeza de la patria, por el bien de Dios, al mando de las armas–, maridos ejemplares, aplicaban con meticulosa sabiduría la tortura entre detenidos sin nombre, muertos al llegar. Ese caso emblema, esa etapa de prefiguración de la masacre, necesita, reclama, la visión de Hagner, no otro policial atinente y correcto.



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