REVISTA DE MARDULCE EDITORA
AGOSTO 2013 NÚMERO 05
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¿Contra qué escribe?


29 autores argentinos responden tan terrible pregunta.

Selva Almada
Creo que un escritor siempre escribe contra algo, aunque más no sea contra el propio aburrimiento (y aunque su escritura termine favoreciendo el aburrimiento ajeno). Yo un poco escribo contra eso, contra mi aburrimiento. Pero también, en un sentido un poco más profundo, creo que escribo contra las cosas que no puedo digerir: la misoginia, el machismo, el derecho a pernada que todavía es ley corriente sobre todo en la Argentina profunda; escribo contra el centralismo porteño; escribo contra cierta literatura pretenciosa, que quiere ser revulsiva y no es más que la pataleta histérica de nenes de mamá.
 
Jorge Aulicino
En una época combatía el gerundio. Ahora me parece que combato el gesto.
No sé si escribo para eso, para combatir el gesto, o lo hago por otras razones. Si escribir es un vicio absurdo, como dijo Pavese, y yo creo que lo es, más allá del pleonasmo (todo vicio es absurdo), entonces no se avizora bien ni el porqué ni el contra qué. Sé que escribo en un contrafrente. Y que eso debe tener alguna razón. También debe tener alguna razón el éter lleno de gestos y que los gestos no me gusten. Y por último, si uno escribe a favor, también lo hace en contra, eso es obvio. Lo absurdo del vicio deja de ser pleonasmo, ahora que lo pienso. Es absurdo como un vicio el escribir, pues va contra uno mismo aunque parece que va a favor. Es un placer perverso. Y como toda perversión, y todo placer, se basa en el pleonasmo, en la abundancia. Esto es lo que lleva a la depresión. En fin: escribo contra la depresión, contra el gesto, contra el narcisismo: "Mira que reinado tan triste".
 
Juan Becerra
Me ilusiona escribir contra cualquier premeditación de éxito y contra la “literatura” que trabaja para lo seguro, lo conocido y el gusto medio, como lo hacen con tanta eficacia la televisión y los diarios. Pongo la palabra entre comillas porque esa “literatura”, adaptada a lo único que se le exige y se le permite (que se deje leer como una propaganda de la realidad), no es literatura sino el discurso que la usurpa. Es fácil identificarla por los atributos no literarios que la sostienen: persigue el consenso, desprecia la aventura de la forma, se aboca a temas de interés probado y tiene ideas firmes. Esa “literatura”, que cualquiera es capaz de hacer y que nunca aportó nada a la historia del sentido, merece sin dudas ser destruida y reemplazada por una literatura inexplicable que sea desconocida para quien la hace y desoriente a quien la lea. Pero esto nunca va a ocurrir.
 
José María Brindisi
Escribo contra la velocidad. Contra las reducciones. Contra la pereza del lector, que tanto nos gusta alimentar.
Escribo contra todo lo que no suene verdadero (que, por las dudas: no es lo mismo que lo real).
Escribo contra los productores de finales, los lectores de finales, los efectos especiales, las provocaciones de adolescente, la adolescencia eterna.
Escribo contra mi escepticismo, mi escasa fe en la raza humana; para que todo eso no me convierta en un cínico.
Escribo contra mi pasado, para probar y probarme que nada está escrito.
Escribo contra la indiferencia, contra la vulgaridad, contra la estupidez, contra la tibieza: hago lo que puedo.
Escribo, como todos, contra el tiempo.
Y sobre todo: escribo contra mi mayor enemigo, que por supuesto soy yo mismo.
 
Segio Chejfec
Actualmente estoy en un periodo de reacomodo.
El “contra qué escribe” pertenece a una considerable tradición de posturas morales o diagnósticos sociológicos, y en mi caso nunca supe describirlo en parte porque se trata de esas preguntas que reclaman respuestas demasiado asertivas. No es que me opusiera a las respuestas asertivas, sino que al buscar describir mis “contra que”, encontraba que no resultaban completamente sinceras.
Algo de eso cambió hace poco cuando encontré nuevas condiciones en el entorno de trabajo más inmediato, mi casa. Durante mucho tiempo, diría que siempre, había idealizado en términos de perfección ciertos escenarios como los más propicios para escribir. Un escenario propicio debía cumplir con un elevado mínimo de relaciones armònicas con el entorno. Luz adecuada, un bajo nivel de ruido, contemplación benigna o directamente bucólica, que por otra parte permitiera una adecuada concentración, etc. Cada escritor crea su ambiente de trabajo a partir de las condiciones objetivas en las que vive. Lo mismo referido al tiempo: el escritor va adaptando el tiempo de sus sesiones, y el ritmo que desarrolla en ellas, según las condiciones impuestas por el entorno físico.
Un buen día encontré que como consecuencia de una serie de hechos reales, las condiciones de trabajo habían cambiado ostensiblemente. Nunca habían sido ideales, pero ahora no sólo no habían mejorado sino que habían empeorado. Mucho más ruido que antes, mucha menos luz adecuada, las eventuales vistas se habían reducido hasta la desaparición, etc. Creí que esas nuevas circunstancias me aniquilarían, y durante mucho tiempo me sentí sin esperanzas cuando se trataba de pensar en proyectos y de escribir.
Hasta un día cuando en medio del estrépito sin descanso advertí que esa relación inarmónica con el entorno se corporizaba, al hacerlo dejaba de lado la protesta íntima, y tenía un efecto paradójico: precisaba someterme a las circunstancias negativas para doblegarlas a través de lo escrito. Encontré que había sido un error estipular condiciones “óptimas” o “benéficas”, pensando que a partir de ellas se produciría una convergencia virtuosa. Al contrario, supe que la resistencia e incluso la fervorosa oposición a lo que materialmente te hunde puede inspirar una insidiosa complicidad con lo escrito; que esa insidia nos hace seguir, en parte porque se trata de una lucha privada contra el mundo, al que refutamos con nuestros débiles e inocuos argumentos mientras le ofrecemos la otra mejilla real.
 
Gabriela Cabezón Cámara
Se escribe en contra de lo escrito y de lo dicho hasta cristalizarse: son vidrios que cortan y que comemos seguido. Quiero decir, el nombre que se le da a la cosa habla de la perspectiva del que nombra, que suele ser el poderoso, eso lo vemos todos los días, especialmente ahora con la batalla simbólica  –y por supuesto económica– que gobierno y oposición libran a diario. Todos conocemos la etimología que Nietzsche le descubre o le inventa, no sé, pero me parece que da igual porque da cuenta de lo que en este momento quiero decir, a la palabra “malo” o “mal”. Por si alguno se distrajo en esa clase, la cosa es así: derivaría de “malus”, una palabra latina. Lo interesante es la historia: según el alemán, esa palabra derivaría a su vez del griego “melas”, que significa negro y que todavía vive en palabras que usamos en verano, como melanina. Los habitantes arios, una vez conquistada la península que milenios después sería Italia, nombraron a los pre-arios con mucha sencillez (fundaron tradición): les decían “negros” nomás, “malus”. De ahí la palabra empezó a significar “malo”. Con esto quiero decir que se escribe contra el poder aunque se escriba sobre mariposas en la luna o se practique una poética en la que sólo importe el sonido y se descarte cualquier sentido: se escribe contra el poder siempre y cuando se trabaje el lenguaje para arrancarlo de eso que se llama sentido común. Se escribe para no comer vidrio: como decía Fogwill, “para no ser escrito”.  
 
Marcelo Cohen
Es cierto que el resentimiento, por ejemplo, puede ser tan embriagador como el amor loco o el porro. Pero un día me di cuenta de que escribir a favor es más interesante, porque siempre se corre el peligro de hacer el ridículo. Más o menos desde entonces, si escribo en contra es en contra de mí. 
 
Oliverio Coelho
Contra la burocracia, contra el sentido común, contra la paridad, contra la pared.
Contra lo discreto, contra la venerabilidad, contra la gratuidad barroca.
Contra natura, contra el campo, contra el cielo, contra la piedad. 
Contrariado, contra los excesos minimalistas, contra el viento, contra la inocencia de los narradores gráciles, contra la multitud, contra los ventrílocuos, contra la verticalidad.
Contramano, contra la congoja vanguardista, contra la horizontalidad,contra el aburrimiento, contra la pureza.
Y así al finito, escribir contra es un apéndice enfermizo del dejarse escribir por, siempre contra la extinción.
 
Diego Erlan
Escribo contra mí mismo. Es decir, contra mis certezas, mi seguridad y mi decencia.
 
Gustavo Ferreyra
Como buen argentinito cuando se trata de ser contrera enseguida me tienta la desmesura.
Diría entonces que escribo contra la literatura, en la medida en que sus límites, su territorio son de alguna manera mezquinos, estrechos. Y, no obstante,  a la vez es un territorio pampásico, indeterminado, casi como un desierto inútil, donde todo es un absurdo. En la literatura pareciera que o no hay lugar o lo hay en exceso. O no hay lugar para algo nuevo o se pierde en el vacío.
Escribo contra el fantasma de un sistema literario del cual ignoro casi todo pero al que supongo con suertes de mandatos. Creo escribir contra mandatos que mayormente desconozco.
Y, finalmente, escribo contra mí. Contra mi escepticismo, contra mi desesperanza, contra el deseo de abandono, contra mis certezas de fracaso. No escribo tanto contra la hoja de papel en blanco sino contra la misma obra que me brota. Quiero decir, escribo para domeñarla. Me brota y quizá eso soy yo más que cualquier otra cosa, y sin embargo, por impotencia, la podaría.
 
Elvio E. Gandolfo
La pregunta me hizo pensar y me di cuenta de que no escribo contra algo, que, en caso de necesitar hacerlo, uso el periodismo o la crítica. Escribo de vez en cuando por distintos motivos, cambiantes (el goce de hacerlo, descubrir como se despliega la interfase entre las cosas y las palabras, la recreación de algo desaparecido en el tiempo), según sea prosa o poesía. La idea de escribir contra algo me parece “de vanguardia”,  categoría que, desde mi punto de vista, a esta altura es un poco “craquelé”, expresión de desgaste inventada hace mucho tiempo por el humorista hoy un poco olvidado Landrú. En todo caso, en narrativa suelo escribir buscando algo nuevo, pero de tal manera que esa búsqueda no sea obvia: el texto empieza después de haber buscado y encontrado lo nuevo –el tema, el estilo, el enfoque–, cuando un movimiento interno me dice “ahora escribamos”, sin subrayarlo (proponerlo explícitamente le quitaría “punch” al texto).
 
Fernanda García Lao
Cuando empecé a escribir, la muerte ya había pasado por casa. Los días eran para naufragar. Llegaba a la noche de rodillas, furiosa. A buscar un papel. Había algo de mística echada a perder.
Pero ni la tragedia garantiza. 
Después de malograr mis poemas, empecé a escribir contra ellos. Entonces, aparecieron los primeros relatos. Eran arañazos, burlas a la razón.
La primera novela la escribí contra la familia. Contra el sentido. Y un poco contra mí. Hay que ponerse en riesgo.
He publicado cinco libros y creo que la cosa no ha cambiado demasiado: voy contra los lugares comunes, contra la muerte y en mi contra. No prometo nada.
Pero escarbaré con saña.
 
Irene Gruss
Hace muchos, muchos años, cuando me creía omnipotente, podía decir que escribía en contra del absoluto, del miedo, de la autocompasión; o bien contra lo retórico, lo explícito, lo solemne o del artificio per se. Usaba la ironía, casi la mordacidad para eso. La ironía es un estar en contra o un modo de ser que antepone el no a cualquier otra cosa, no solamente a un sí.
Hoy en día, me doy cuenta de que no se puede escribir en contra o a favor de nada. Porque es forzar, y eso va en contra, precisamente, de lo que se escribe. Me parece que mediante la duda o la pregunta se puede, quizás, hurgar más. Claro que de los resultados no tengo la más mínima idea, ni a favor ni en contra.
 
Daniel Guebel
Hará una veintena de años, cuando trabajaba de mal periodista, me mandaron a entrevistar a Pappo. El propósito nada secreto era hacer aparecer al rústico rockero como una bestia completa. Fui al taller, y el guitarrrista me dijo "Vení, hacemos la nota mientras manejo", y se largó como una bestia completa a esquivar a doscientos kilómetros por hora todo obstáculo por la Panamericana. De su disquisición confusa solo recuerdo un monólogo acerca de la oposición entre Chevy y Ford. Para él, uno de los dos vehículos representaba el Ser, y el otro la Nada. Lamento no recordar de qué lado estaba el valor. Pero sí que la oposición binaria me llevó a un punto central de la nota. Qué opinaba Pappo de sus colegas. Entonces, por supuesto, le pregunté por Virus, Pastoral, Charly García, Fito Páez...Todos los representantes epocales del rock blandito. Curiosamente, el fundamentalismo automotriz de Pappo se disolvió en una serie de respuestas cortesanas. Nada le gustaba (salvo lo suyo), pero no quería decir ni una palabra en contra de nadie.
La dulce pregunta de la editorial es levemente abyecta, porque la contra produce una ilusión de identidad autoral/subjetiva que considero una de las pestes de la literatura: la vanidad del opositor, el sueño del distinguido; esa mierdita del chiche del ego.  El pobre recordado Fogwill condensó esa posición en una frase siniestra: "Escribo para no ser escrito" ¿O era "para no ser hablado"? Como si se pudiera...Más bien es mejor dejarse hacer por todos los estilos, hasta por el de Soriano.
 
Luis Gusmán
Siempre escribí contra lo que escribo. Brillos, mi segundo libro está escrito contra El frasquito y eso entre otras cosas me separó de Osvaldo que creía que había escrito para el mercado. Resulta que El Frasquito lleva más de 10 ediciones y Brillos nunca se reeditó. Escribo contra esa máquina retórica y burocrática en que puede transformarse la propia escritura, incluso hasta la propia mitología. El sueño flaubertiano de un "libro blanco" sin tema que no se parezca en nada al anterior. 
 
Ariana Harwicz
Glenn Gould dice que “los músicos se dividen en dos categorías; los que pretenden explorar su instrumento y quienes no lo hacen. La primera clase son los músicos que quieren exhibir la relación con su instrumento, ellos permiten que esa relación sea el centro de atención. La segunda clase, incluye a los músicos que tratan de obviar el mecanismo de la ejecución para crear la ilusión de una relación directa con la partitura y por tanto, ayudarnos a sentirnos sumergidos no en la interpretación, sino en la música misma”. Obviamente esto es válido para todas las artes. Cuando escribo lo hago exponiendo en carne viva la interpretación, mostrando la materia de la que está hecha la escritura, sus vibraciones, su cuerpo abierto y a veces destripado. No escribo “contra” sino a favor de la posibilidad de desmembrar también mi propio cuerpo, mi propia sustancia en la lucha. Mi primera novela, Matate, amor, forma parte de un corpus académico de las llamadas “Literaturas salvajes”, convertidas en métodos de interpelación moral al lector. Escribo a favor de ese proceso salvaje en el que me exhibo y exhibo también el mecanismo, mi mano escribiendo, mi mano cortando. Escribo a favor de subvertir el orden o, lo que es igual, en contra del orden establecido.
 
Iosi Havilio
Escribo contra las ideas.
Contra el oficio.
Contra la promesa de un libro.
Escribo contra el tiempo.
Contra la superficie.
Contra la estupidez.
Contra La Literatura.
Escribo contra el ingenio.
Contra el verosímil.
Contra el estilo y la voz propia.  
Escribo contra las palabras.
Si no me entrampo,
Escribo contra las cuerdas.
 
Pablo Katchadjian
Me acuerdo inmediatamente de Ponge: “si había decidido escribir era justamente contra la palabra oral”. Busco la cita y veo que sigue así: “contra las tonterías que acababa de decir en una conversación, contra las insuficiencias de expresión en el curso de una conversación incluso un tanto profundizada”. Estoy de acuerdo, pero quiero responder otra cosa. Tendría que pensar a favor de qué escribo. Probablemente a favor de entender lo que no entiendo, así que podría decir que escribo en contra de no entender lo que no entiendo. ¿Dice algo esto? No está bien, pero se podría probar de otra manera: en contra de lo seguro, y por lo tanto a favor de lo inestable. ¿Lo inestable? “Lo inestable” podría ser un sinónimo de “lo vivo”, así que podría decir que escribo en contra –o en medio– de dos amenazas o tentaciones: de lo muerto, desde el pasado, y de la muerte, desde el futuro. Aunque quizá más que “en contra de” o “en medio de” podría decir “inspirado por”. ¿Y entonces contra qué? Contra mis limitaciones, por ejemplo, para escribir un texto como éste. O, para volver a Ponge, contra las insuficiencias que acabo de decir al escribir un texto como éste (y a favor de decirlas bien).
 
Daniel Link
Escribo contra mí mismo, y mi propia facticidad, porque soy mi peor pesadilla (elser es la peor pesadilla). Escribo contra las identificaciones sentimentales y contra las arrogancias de la literatura. Contra el capitalismo y sus máscaras piadosas, contra los que hacen de la literatura (esa experiencia radical de transformación de uno mismo) un bien de cambio confortable, contra la ignorancia y las soluciones de compromiso con los horrores del mundo, contra la pobreza de vocabulario y la uniformidad del tono. Escribo furiosamente contra la furia y con pena contra la tristeza.
Ya no puedo escribir contra el maltrato a los animales porque sólo pensar en eso me lleva al umbral de la muerte. Escribo contra los modelos de desarrollo agroindustriales y los procesos de exterminio y contra los horrores de la vida ciudadana.
Pero cuando escribo, no pienso jamás en términos de contradicción y sólo escribo contra el tiempo. Contra el tiempo y los Tiempos,  escribo. Contraescribo. Contraes. Cribo.
 
Sebastián Pandolfelli
Escribo porque necesito hacerlo, es una manera de presentar ante los demás mi visión del mundo. Tomo lo que veo, lo que vivo, lo que escucho y en el proceso de escritura lo transformo en historias que quiero contar. Si tengo que elegir algo contra qué escribir sería contra mis propias barreras, la desidia, la mala onda, contra el tiempo que se escapa, para dejar una huella, una señal de que pasé por acá. Escribir me pone de buen humor, me sirve como descarga. Escribo para plantarme frente al mundo y contarlo con mis palabras. 
 
Cecilia Pavón
Escribo contra el amor, la bondad, la fijeza, el automatismo, el movimiento, la injusticia, la revolución, el odio, la patria,la maldad. Escribo contra los que escriben en contra de los que escriben contra de los que escriben en contra, y contra los que escriben a favor de los que escriben a favor de los que escriben a favor. (Escribir para mí es un verbo sin atributos).
 
Ramiro Quintana
Me resulta imperioso contrariar, al momento de escribir, la salmodia que insiste en que “hay que volver a contar historias”, como si la literatura, alguna vez, hubiera dejado de contarlas, como si no proliferaran los libros que ofrecen apenas eso: una historia mejor o peor contada, una trama urdida con mayor o menor grado de eficacia. Por supuesto, no es que deba renunciarse a contar historias, pero menos aún habría que confundir una historia bien contada con literatura. Dicho de otro modo: la literatura resigna autonomía cuando, en pos del progreso de la narración, soslaya toda pregunta referida a los límites del lenguaje y a las posibilidades de la sintaxis.
 
Hernán Ronsino
En mi caso la escritura no surge deliberadamente contra algo. Surge, más bien, como una necesidad de explorar en términos críticos la realidad. Y de crear, así, un sistema en cuyo interior sí funcione una dialéctica. Pero la negatividad no es previa. No es una tesis previa a la escritura. Cuando una tesis origina la escritura evita que la escritura sea un espacio de profunda experiencia.               
Escribir para demostrar una idea preconcebida es más bien dar una opinión, es, además, anular todo lo que se despierta - lo incontrolable, se podría decir - en la escritura misma. Escribir, entonces, deliberadamente contra algo es lo más parecido a no tomar riesgo. A no "escribir".
 
Alejandro Rubio
Contra el escritor como sacerdote. Contra Ernesto Sabato. Contra la idea de que hay un lugar seguro espiritual desde el cual se pueden lanzar rayos y centellas sobre la pérfida materia. Contra las homilías disfrazadas de ficciones y las ficciones disfrazadas de verdades de a puño. Contra las ficciones en general. Contra los que quisieran extirpar de la escritura todo lo que tiene de juego sexual y de desquite malicioso. Contra los lectores que buscan en las novelas y los poemas consejos para una vida mejor. Contra los lectores que encuentran en las novelas y los poemas un espejo para su melancolía.
 
Leonardo Sabbatella
Escribo contra el uso instrumental del lenguaje, contra las formas estereotipadas de la escritura. Contra la idea que piensa que la literatura es la transcripción de una experiencia vital, que cuando se escribe no hay nada por descubrir, no hay misterio ni transgresión alguna, apenas la puesta en palabras de algo que ya se sabe de memoria. Contra las modas, las poses, el oportunismo. Contra el costumbrismo que desprecia los detalles, el realismo desconflictuado, contra las escrituras “temáticas”. Contra las frases transparentes, la espontaneidad o autenticidad literaria. Contra la idea de que la escritura es una herramienta. Contra la expresividad, contra lo anti-reflexivo. Contra la linealidad, contra las escrituras que reclaman tramas y acciones todo el tiempo, contra la eficacia, contra las escrituras que anulan el adjetivo, que temen a la experimentación y al error.
 
Diego Sasturain
Escribo contra las simplificaciones empobrecedoras. Especialmente pares tales como alto-bajo, elitista-accesible, claro-hermético, fantástico-realista, temas importantes-menores, actual-inactual. Si se toman como categorías fundamentales, limitan la lectura y la escritura. En cambio, prefiero aceptar las tensiones propias a la pluralidad de la escritura y sus sentidos, siempre en fuga o retirada.
 
Ricardo  Straface
Escribo contra el realismo resignado, contra el realismo ramplón, contra el realismo apodíctico de mercado. Escribo contra meriendas, mermeladas.         
 Escribo contra las salidas al cine con la novia. Contra la epopeya del abuelo inmigrante. Escribo contra las vanguardias que atrasan. Escribo contra la canchereada. Contra Piglia. Contra Cortázar. Contra los escritores que se creen más inteligentes que el lector. Contra el gobierno. Contra la oposición.
Escribo contra todos los que no leyeron todos los libros de Aira. Contra los que no votaron nunca a Zamora. Contra los que no bebieron con Libertella en algún bar. Escribo contra el progresismo. Contra los que a nada son adictos. Contra las plumas y gargantas del periodismo cultural. Escribo contra los chupamedias. Contra las tapas de Alfaguara. Contra las contratapas de Planeta. Escribo contra los libros que no me salen. Contra mí. Contra nada.
 
Damián Tabarovsky
Escribo contra la época.
 
J.P. Zooey
Escribo contra el optimismo tecnológico. No veo que las cosas vayan bien.
Empezando por mi casa. Todos los días, a toda hora, veo un amigo. Tiene solo siete años. Está dentro de una bola de nieve. Una esas cápsulas de cristal llenas de agua que al agitarlas arremolinan nieve. Mi amigo es una miniatura y tiene un cochecito diminuto, que es su juguete, y no tiene paisaje ni nieve ahí dentro, el pobre. Y no sé cómo ni por qué, desde hace años está en mi escritorio. Él y su cochecito mecánico y nuevo. Mi amigo siempre quiere que su coche vaya un poco más allá, y lo arroja una y otra vez contra el cristal. Una y otra vez, para ir más allá. Hasta destrozar su autito. Entonces ambos quedan detenidos dentro de la bola de nieve. Su mirada desorbitada en la quietud final, francamente, angustia. Dura media hora el proceso de esperanza y destrucción. Cuando se detiene, vuelvo a agitar la esfera, para eso está hecha. Mi amigo despierta, el autito se recompone y lo arroja contra el cristal, hasta destruirlo, porque no puede recordar que es mejor no ir más allá, dejar las cosas como están. Yo podría abrir la esfera. Y ayudar a que mi amigo se libere. Pero creo que no podría respirar oxígeno. Moriría. Y yo perdería para siempre la esperanza. Para algo está hecha.
 
Juan Zorraquín
Escribir en contra de algo es imposible. Se escribe siempre a favor, porque el escribir en sí mismo es un acto de demolición de lo real. La pregunta reformulada así sería ¿Contra qué condición, estructura o zona de lo real escribo como tema preferencial, ya que escribir es demoler y construir simultáneamente?
Dos o tres situaciones aparecen en ese horizonte.
Contra el tiempo en primer lugar, creo que hay en el acto de escribir una búsqueda de eternidad. No estoy pensando en la eternidad o extensión de la  fama, sino más bien en una supresión del tiempo. En dos direcciones suprimido, una es por la concentración a la  que obliga y que logra suspender el presente activo y la segunda por el gozo logrado en el descubrimiento de una frase o idea. Una experiencia que no encuentro en otros modos en que el placer se presenta.
Escribo contra la soledad y el malentendido. Escribiendo siempre percibo a alguien entendiéndolo todo de mí, cosa que nunca pasa en la vida paralela que la escritura soporta.
Invirtiendo al tácito Perón, para mí la única realidad es la verdad. La verdad se encuentra en lo que escribo. El resto es silencio.
Escribo sobre todo contra la fealdad del mundo, para mí la belleza es gloria. Si logro producirla el Absoluto se acerca.


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