REVISTA DE MARDULCE EDITORA
MARZO 2013 NÚMERO 04
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Entre amigas


Una lectura de los enmarañados y sutiles Juegos de damas de Jane Bowles.

Debo a un regalo de cumpleaños el tardío descubrimiento de Jane Bowles. En julio del 2012, Inés me regaló Juego de damas, una antología de cuentos de la escritora neoyorquina nacida en 1917 y de la que hasta entonces sólo tenía el vago registro de su nombre.

En la solapa del libro, traducido por Gabriela Bejerman y publicado por Eterna Cadencia, vemos a una mujer joven, en blanco y negro, con peinado de ave taciturna y expresión de que el día se complicó. Es una rara avis. También, una posible amiga. El prólogo de Bejerman lo confirma en las primeras líneas: “Jane Bowles hubiera sido una encantadora y divertidísima amiga que todos hubiéramos querido. […] Sí, hubiera sido una amiga ideal y una adorable compañera de andanzas, pero para ella no era nada fácil ser amiga de sí misma.” ¡Qué familiares me resultan inmediatamente estas palabras! La dualidad, la íntima enemistad, la dificultad para ir de la mano de una misma.

El prólogo y especialmente los nueve cuentos que siguen, cuentos incomparables, vuelven irrelevantes mis palabras. No hay mucho más para decir. Están ahí. Hay que leerlos, beberlos como un licor exquisito. La versión en español es excelente y convierte a la traductora en una amiga que también quisiéramos tener. El libro incluye la obra de teatro “Verano en la glorieta”, que no leí aún y cuyo título evoca involuntariamente el mundo estival de otra gran cuentista, Katherine Mansfield (creo que Jane y Katherine podrían haber sido muy buenas amigas).

Las reseñas literarias no son mi especialidad, me gusta escribir cuentos y no tener que ser fiel a los hechos, pero otra amiga, María, aparece en escena como instigadora de este texto (está convencida de que tengo que escribir algo), y nadie como Jane Bowles para saber de qué hilos selectos están hechas las amistades femeninas, qué  trenzas las sostienen, qué precipicios las circundan, cómo de repente una expresión se vuelve distante, se instala una tensión o una frialdad  –un cuervo negro en el mantel blanco–.

En el mundo de Jane Bowles, las relaciones femeninas son el paradigma de las oscilaciones afectivas. Jamás podremos olvidar a Laura y a Sally, protagonistas de la primera historia. El sentimiento que las une es un animalito agazapado y a punto de saltar. A lo largo del cuento, vemos a cada una de las amigas librar su pequeña pero intensa lucha interna contra los efectos de la existencia de la otra. “Camp Cataract, que por tantos años había sido para ella una forma de escapar de la discordia y la dificultad de las relaciones humanas, a partir de la llegada de Laura se había convertido en una nueva sede de esa tensión.” Y, del otro lado: “Los accesos de furia y vergüenza de Sally se hacían cada vez más necesarios para Laura. Le removían la sangre. […] Así que no estaba siguiendo a Sally para reconfortarla, sino para disfrutar de este ser calmo y noble que nacía en ella cada vez que a Sally le daba un ataque”.

En otro relato leemos: “Los estados de ánimo de Lane le daban a su hermana una cierta dignidad que de otro modo nunca hubiera poseído. Dora tenía tal adoración por la vida que llevaba con Lane que por momentos tenía que sentarse y estarse quieta en el sofá, porque la conciencia era total y ese deleite que sentía impactaba sobre ella de lleno como un golpe”. O, más directamente: “Por eso la vida es tan complicada. Es muy común que amemos y odiemos a la misma persona al mismo tiempo y que no haya un sentimiento más verdadero que el otro. Hay que elegir a cuál vas a prestarle atención, eso es todo. Por suerte, si eres una persona correcta, empujas un poco más del lado del amor…, pero puede ser bastante difícil mantenerlo de ese lado. Yo era así con mi mamá, e incluso fui así con otra persona, pero sobre todo con ella. […] A veces quería volarle la cabeza de un golpe. Ya murió, pero creo que sentiría lo mismo si estuviera viva”.

Arrojados, como todos nosotros, a la vida, a un cuerpo, a un entorno y a la necesaria coexistencia con otros seres, los personajes de los cuentos de Bowles se las rebuscan como pueden. Son primogénitos en el momento en que llega el hermanito a casa. El infierno es uno mismo, son los otros y también son los otros en uno mismo. “Aunque tirar mis ardides femeninos por la ventana signifique quedar como un campesino analfabeto o como el pez más insignificante del fondo del mar, lo prefiero”, escribe Emmy Moore en su diario íntimo, recluida en un hotel lejos de su marido, pero sospechamos que entre la intención y el acto caerá un rayo y que el ardid prevalecerá sobre la imposible desnudez.

Experta en los enmarañados y sutiles juegos de damas y en el malestar inherente al humano “ser-con”, del que no hay escapatoria (y que nos regala cada tanto un efímero deleite), Jane Bowles demuestra saber que para algunas personas lo aparentemente pequeño puede adquirir dimensiones monstruosas, que no siempre es fácil ser parte del mundo (de hecho, puede ser muy arduo), que una habitación se puede volver una jaula, o que el corazón se puede poblar en un instante de un camino de pinos que no dejan pasar la luz del sol y vuelven más arenosa y fría la tierra que caminamos descalzas, y más intensa la soledad de la que intentábamos evadirnos. Porque si hay personas de corazón alegre, como Berenice Cassalotti o Dora Sitwell, para quienes “hasta una despedida tiene el aspecto de un retorno”, para otras, en cambio, sólo hay despedidas, de principio a fin. ¿Y cómo no apiadarse de ellas? ¿Quién recuerda haber elegido su carácter, su temperamento, sus vísceras? ¿No somos las primeras víctimas de nosotros mismos? Los cuentos de Jane Bowles transmiten una tierna compasión por estos seres angustiados, melancólicos, frágiles, desequilibrados y nerviosos. Su autora parecería estar pidiendo para ellos lo mismo que la poeta Emily Dickinson pedía para la humanidad: God, forgive us your duplicity (aunque ningún rezo se oye en estos cuentos y uno se imagina a Dios, en el universo de Bowles, tan solo y absorto en su cabaña como un posible habitante de los alrededores de Camp Cataract).

Además de la complejidad, ambivalencia (“enamorodiamiento” diría un psicoanalista, polo opuesto a la indiferencia) e inestabilidad de las relaciones humanas,  Bowles sabe de bloqueos y postergaciones, y de que a veces “la necesidad de escribir se aloja en mi garganta como un grito que pide ser proferido”.

Iluminada por Inés, instigada por María e inspirada por Jane, tres buenas amigas, entrego entonces estas palabras que los maravillosos cuentos de Bowles no necesitan.


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