REVISTA DE MARDULCE EDITORA
MARZO 2013 NÚMERO 04
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Jean Echenoz: entrevista sobre Flaubert


Formas, ritmos, redes narrativas e influencias flaubertianas en Echenoz.

Las novelas de Jean Echenoz comparten con las de Flaubert la misma obstinación por la frase perfecta, el gusto del vértigo temporal, los secretos de una construcción erudita y lúdica que pone en juego, detrás de la narración  manifiesta, toda una arquitectura segunda de redes narrativas latentes. Es este supuesto parentesco que me condujo a preguntarle qué representa Flaubert para él.

-Pierre-Marc de Biasi: su obra se inscribe en la historia de la novela como género, es en ese sentido que quisiera conocer su relación con Flaubert. Su relación como lector, pero también su relación con el trabajo literario, con la figura casi mítica del estilo, tal como Flaubert lo encarna. ¿Qué cercanía eventual, qué distancia percibe en relación a su obra? ¿Lo leyó tempranamente?

-Jean Echenoz: No. Lo leí bastante tarde, porque era obligatorio en la escuela –estábamos obligados a estudiar sus textos en la secundaria– y porque sentía un poco, en esa época, un movimiento adolescente de rechazo frente a todas las obligaciones. Me acuerdo de una disertación que nos había impuesto, en un tiempo extremadamente breve, leer La educación sentimental y Madame Bovary, para comparar los dos personajes femeninos principales, Marie Arnoux y Ema. Yo me las arreglé para que un amigo me escriba el trabajo. Es decir, falté a mi primera cita con Flaubert. Pero en el fondo, tuve razón o tal vez tuve suerte: se me permitió conocerlo en un momento mejor. De hecho, de la literatura clásica, los escritores que hoy más valoro, como Flaubert o Racine, los descubrí tarde, a causa de ese rechazo adolescente. Empecé a leer a Flaubert cuando tenía alrededor de veinte y ocho años… Es extraño, nunca había establecido una conexión entre esos dos acontecimientos, pero ahora me doy cuenta que no se trata de una coincidencia: me puse a leer a Flaubert al mismo tiempo en que comencé a escribir mi primera novela. Por supuesto antes también escribía, pero eran sobre todo páginas de pruebas de escritura, tomaba notas, empezaba textos que después abandonaba. No se si Flaubert fue el disparador, o si pude por fin leerlo porque algo estaba pasándome a mí en relación con la escritura, pero los dos acontecimientos están relacionados… Es extraño. Recuerdo que empecé a leerlo casi por obligación cultural, y luego que ocurrió, durante la lectura, un fenómeno bastante curioso, una impresión que nunca desapareció, siendo que aconteció hace mucho tiempo: una seducción inmediata, que se siente desde las primeras líneas y que proviene, me parece, de la coexistencia permanente, en sus textos, de múltiples tonalidades. Su escritura es capaz de contener, al mismo tiempo, los efectos más contradictorios, como la ironía y la generosidad, la precisión y la vaguedad o lo indefinido, la sequedad y la exaltación… con un juego permanente de balanceo e intercambio entre esos registros, que arrastra al lector hacia una incontable cantidad de emociones. Ese fenómeno actúa como una especie de estupefaciente que nos vuelve dependientes: imposible de dejarlo una vez que se lo toma. Hace algunos años, por ejemplo, un día tuve ganas, sin saber bien por qué, de releer algunas páginas de Bouvard y Pécuchet, así, al azar, solo por placer, y sin la menor intención de sumergirme seriamente en Flaubert, ni en esa novela en particular. Pues, no pude resistirme: esas pocas páginas me llevaron a releer completamente el libro, desde el comienzo hasta el final, sin detenerme. Flaubert es como un engranaje. A partir de una pequeña muestra, tomada de manera aleatoria, se dispara y uno queda atrapado en esa mecánica. Por supuesto que cuando digo una página al azar, no es totalmente cierto. De hecho, sin saberlo, en esos momentos uno se dirige a un libro y no a otro. Los textos de Flaubert son universos. Tengo la impresión de que hay momentos en la vida en los que uno tiene necesidad de Madame Bovary, de Bouvard y Pécuchet o de La educación sentimental. Depende de las circunstancias. Pero cualquiera sea la obra elegida, lo que me impacta es la naturaleza casi “fractal” de su escritura. Las características de su estilo, sus equilibrios y desequilibrios, pueden observarse a escala de cada parte, de cada capítulo, de cada párrafo, de cada frase, incluso de las más cortas. Pienso por ejemplo, en la última frase de Herodías, sobre la cabeza cortada de San Juan Bautista que los dos discípulos del profeta, después de la muerte por Herodías en la citadela de Macherus, llevan hasta Galilea. Esa frase final, con la que termina a la vez el relato y los Tres cuentos, consta de nueve palabras “Comme elle était très lourde, ils la portaient alternativement” (Como pesaba mucho, la llevaban alternativamente). Es por lo tanto una frase relativamente breve, prosaica y casi anodina, pero que reúne todas las cualidades de la escritura flaubertiana: primero, es una frase seca, pero también generosa; visual, casi cinematográfica; es una frase trágica e irónica, llena de sobreentendidos; y además es una frase que es casi una provocación, por ese aire intempestivo que tiene, desplazada, inacabada (¡Es casi desafiante terminar un texto así!). Y al mismo tiempo, si se la estudia de cerca, es una frase extraordinariamente construida: “Comme elle était trés lourde” -1 2 3 4 5 6, seis sílabas en cinco palabras –“ils la portaient” -1 2 3 4, cuatro sílabas en tres palabras- “alternativement”. 1 2 3 4 5 6, seis en una sola palabra: un equilibrio perfecto que yuxtapone dos endecasílabos (6-4 y 4-6), con la audacia de terminar con un adverbio, un adverbio literalmente interminable, casi tan largo como medio alejandrino. Para mí, es como una pequeña muestra de todo lo que se encuentra en cualquiera de sus novelas.

-Esta coexistencia de registros muy contrastantes –sequedad, ironía, generosidad, humor, etc. – es también, me parece, una de las características de su propia escritura; es tal vez algo que lo acerca a Flaubert, más allá de que en otros aspectos, románticos quizás, se parece más al joven Flaubert que al novelista de los grandes textos impersonales.

-En todo caso, para mí, Flaubert continúa siendo un modelo. Me genera una especie de afecto absoluto, que la lectura de su correspondencia corrobora; un afecto que no siento por ningún otro escritor. Con ningún otro tengo esa relación, no diría filial, pero sí absolutamente cariñosa. Incluso intenté hacer algún tipo de alusión en mis textos. Por ejemplo, en Un año, en un momento de la redacción me encontraba en esa situación banal en la que un personaje debe viajar y hacerse olvidar por cierto tiempo, y no sabía bien cómo lograrlo. Y pensé que podría defenderme, buscando algunas de las frases más conocidas de Flaubert, como las que se encuentran al comienzo del capítulo 4 de la tercera y última parte de La educación sentimental, que justamente resume en pocas palabras diez o quince años de la vida del protagonista, Fréderic Moreau: Viajó. Conoció la melancolía de los grandes barcos, los fríos despertares bajo una tienda. Yo tomé esas dos frases, cambié algunas palabras, adapté un poco el estilo al contexto de mi libro, y las integré en mi trama. Me parecía obvio que los lectores que leyeran ese párrafo percibirían inmediatamente ese juego con el texto de referencia, se darían cuenta de que se trata de un guiño, un signo de amistad alusiva, de una forma discreta de homenaje. Ahora bien, ocurrió que el diario Le Monde, después de la salida de la novela, publicó una carta de un lector que me denunciaba por haber plagiado a Flaubert, desconociendo las reglas más elementales de la propiedad intelectual, literaria, artística…Sin embargo era un homenaje público, para nada disimulado, y que retomaba un pasaje muy conocido…

-¡A mi parece que tuvieron razón al agarrarlo in fraganti! Deberíamos hacer lo mismo con Flaubert, que nunca se privó de robar a sus antecesores y a sus contemporáneos. ¿Sabía que su famoso “fue como una aparición”, se lo tomó prestado a su amigo Máxime du Camp? Pero, más seriamente, más allá de las citas o de los guiños, desde el punto de vista de la técnica narrativa o del estilo, ¿qué puntos de la escritura flaubertiana constituyen una orientación para su propio trabajo?

-Creo que sería ante todo la cuestión del ritmo, de la síncopa, de la organización de la frase, de cada capítulo. Para mí es una especie de modelo de escritura, del cuidado de la prosa, el control de las cantidades de las descargas eléctricas que debe haber entre las palabras…

-¿Usted también, como hacía Flaubert, lee sus libros en voz alta, para juzgar su ritmo, para ver cómo suena?

No, de ninguna manera. Me alcanza con leerlo con los ojos… Cuando leo presto mucha atención a los tiempos gramaticales. Me parece que cada tiempo tiene su velocidad propia; cada tiempo funciona como un poco como la caja de cambios para un automóvil; los tiempos verbales tienen un lugar preponderante en los procedimientos de aceleración, de frenada, de arranque. Hay cuestas narrativas que solo se pueden subir en primera, y secciones en las que se puede andar en quinta, como en una autopista. Y también está la marcha atrás… Flaubert obviamente no disponía de este tipo de analogía, pero se nota que él sería sensible a este efecto físico de la sintaxis verbal, y que hay en él un juego permanente en torno a esta instrumentación de los tiempos gramaticales.

-Y desde el punto de vista genético, ¿se siente un novelista de escenas? ¿Confecciona, como hacía Flaubert, planes y planos antes de comenzar una narración?¿O se lanza a la redacción, como otros escritores, sin documentación previa, al azar de la inspiración, haciendo versiones sucesivas?

En realidad, trabajo mezclando las dos formas. Lanzarme a la escritura, así, sin más, en busca de inspiración; no, por supuesto que no. No creo en la inspiración, sino en la obstinación, que es por supuesto algo bien flaubertiano. Por lo tanto, tomo las máximas garantías. Trazo el plan, y avanzo por ese camino. No podría comenzar una novela sin saber, más o menos, lo que va a pasar, cómo va a continuar; aunque por supuesto me reservo zonas de incertidumbre, de sorpresa. Son planes en los que un capítulo puede tener tres frases resumiendo la acción, y el siguiente cinco páginas, con diálogos en estado embrionario… Desde ese punto de vista, creo que pertenezco, como Flaubert a la familia de escritores que trabajan con escenarios previos. Pero al mismo tiempo, me parece que Flaubert  avanzaba redactando una sola versión, capítulo a capítulo, página a página, frase a frase, acercándose lo más cerca posible a un resultado definitivo. No es mi caso. Una vez que tengo listo el plan inicial, me lanzo, y escribo cuatro o cinco versiones del mismo libro. Además, en la primera versión no trabajo sistemáticamente en orden. Según el momento o la circunstancia, puedo trabajar sobre tal o cual pasaje. A diferencia de Flaubert, no trabajo siguiendo el orden previo. Una vez que avancé en una nueva versión, si estimo que progresé lo suficiente, e incluso si pienso que todavía le falta, continúo la narración, dándome gusto de retomarlo todo más tarde, en una nueva versión, en la que preciso tal cosa, corrijo tal otra, tal detalle para que quede como debe quedar. Son como posibilidades de retomar sucesivamente, de corregir sucesivamente, de establecer nuevos puntos de pasaje entre los diversos momentos del plan, buscando crear diversos ritmos internos, juegos o redes, que se van ajustando de una redacción a otra. Por supuesto, aquí nos reencontramos con Flaubert, en el aspecto más íntimo de la construcción de una narración, su arte constituye aún un modelo.

Traducción de Luciana Bata

Publicado originalmente en Magazine Littérarie, número especial dedicado a Flaubert, septiembre de 2001. Se reproduce con autorización del autor.



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