REVISTA DE MARDULCE EDITORA
SETIEMBRE 2012 NÚMERO 03
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Pequeñas editoriales: catálogos razonados


Más allá del concepto de edición independiente: un recorrido por las editoriales alternativas.

Para pensar las editoriales conviene empezar por los libros o mejor, los autores. Hace diez años el panorama era más bien oscuro: un saldo de libros caros hechos en España inundaba las desabastecidas librerías argentinas. Las últimas novelas de Fogwill o Aira habían sido editadas e impresas allá y llegaban en cuenta gotas y a precio euro. Entre las editoriales Argentinas, se podían encontrar algunas novedades de Beatriz Viterbo y Adriana Hidalgo; las multinacionales con asiento aquí habían retraído sus inversiones y casi no editaban literatura contemporánea nacional; sus diseños eran anticuados, poco atractivos y el poco vuelo imaginativo se reflejaba en sus catálogos y sus tapas. A ese panorama, y a la reactivación económica, se le debe el éxito de experiencias como la de Interzona o de Santiago Arcos, al menos el éxito de crítica y presencia en los medios.

Hoy una librería bien ubicada –Palermo– puede tranquilamente prescindir de catálogos como el de Anagrama; no necesita fidelizar a sus clientes ofertándole el resultado de los cálculos de Herralde-Litmajer. La variedad de editoriales locales, la calidad de sus ediciones, la diversidad de sus apuestas pueden abastecer una buena librería que pague sueldos, alquileres y que esté al día con sus proveedores. Los lectores no extrañarían los libros importados, salvo en casos muy específicos.

Entre los numerosos emprendimientos podemos pensar el desarrollo de un puñado de ellos, más en términos de cómo producen y ofrecen lo que producen, por dónde lo hacen circular y de qué mirada o intervención en la literatura argentina implican. La F.L.I.A (Feria del libro independiente y alternativa) de la que han aparecido varias notas en medios nacionales, y que tiene un desarrollo en todo el país, es un lugar ideal por el que algunas de estas editoriales circulan. Se trata de una feria itinerante, que circula en todo el país. Al modelo de la F.L.I.A lo han replicado otros: son  espacios autogestivos que hacen propio el viejo eslogan de la Feria del libro: del autor al lector. Pánico el pánico, una editorial fundada en 2009, y que tiene una buena distribución en las mejores librerías de Buenos Aires y del interior ha publicado más de treinta títulos, en su mayoría de escritores jóvenes, divididos en cuatro colecciones. Una se dedica a la poesía más reciente, otra al ensayo, una a la narrativa breve y una última, la más reciente, a la narrativa más extensa, por lo general novelas.

Tres de sus colecciones están ilustradas con dibujos a una tinta negra y son fácilmente identificables en la mesa de una librería, lo mismo que sus lomos en los estantes. El formato es pequeño, casi una edición de bolsillo. Los textos son sometidos a un cuidado trabajo de corrección. Publica desde apuestas más acomodadas a lo que podríamos llamar Costumbrismo urbano hasta textos más riesgosos, en el que se respira un cierto aire experimental. Potlach es la más ambiciosa de las colecciones y parece meterse de lleno en una operación destinada a discutir con el corazón de la narrativa contemporánea. Uno de sus títulos, Los años felices narra las peripecias de un adolescente en los años 90. Cemento, recitales, fiestas, primeras novias, la facultad, y en general los consumos de un adolescente de aquella época aparecen retratados con eficacia. La novela tuvo su origen en un blog, ahora que la mayoría de los blogs son piezas de museo, al menos aquellos que justamente se dedicaban a dar cuenta de las costumbres y los deseos de los individuos; en ese sentido, su edición en libro se aprecia mucho más feliz que en otros intentos similares, incluso aquellos intentados por editoriales multinacionales. Ariel Idez se mete de lleno con el canon al escribir su primera novela: La última de César Aira. Es muy eficaz a la hora de identificar algunos procedimientos del autor de Cómo me hice monja y reproducirlos; es menos feliz en el fraseo, en la reflexión, en la imaginación. La novela es una crítica a Aira y un modo de pensar la literatura post aira. La colección Potlach tiene un formato más grande y sus tapas están compuestas a dos tintas. Algunos de sus títulos tienen prensa en medios nacionales.

Caballo negro en Córdoba tiene un catálogo dedicado a la producción local o de sus zonas de influencia; se trata de una editorial que nació dedicándose a la poesía, en la estela de La creciente, y con muy buena distribución en Córdoba y Rosario; en Buenos Aires ha tenido menos suerte. Últimamente ha incorporado narradores a su catálogo, entre ellos el último libro de Elvio Gandolfo. Sus tapas son coloridas, generalmente una foto producida especialmente. No tiene casi desarrollo en la F.L.I.A y sí en ferias locales, a veces auspiciadas por instituciones o gobiernos. La novela de Martín Cristal, Las ostras, es su libro más reciente, una novela que ha tenido muy buena recepción en Córdoba. Suele editar antologías temáticas.

Nudista, también cordobesa, se dedica a la poesía y entre los autores locales ha conseguido incorporar a su catálogo a dos poetas de amplia trayectoria y predicamento: Osvaldo Bossi e Irene Gruss, que viven en Buenos Aires. En sus tapas predomina el fondo negro.

El eje Paraná –Santa Fe– Rosario también tiene sus editoriales. Diatriba, en Santa Fe, se ha dedicado a la poesía. Daiana Henderson y Cecilia Moscovich son dos de las últimas autoras que ha incorporado. Se ha visto su producción en alguna feria de Buenos Aires. Publica autores regionales y alguno de Buenos Aires. Tapas coloridas con dibujos psicodélicos. En Paraná crece Gigante, un sello que publica poesía, crónica y cuento. Todos o casi todo son autores de la región y sus libros se consiguen en una sola librería en Buenos Aires, aunque han subido parte de su catálogo en PDF para su descarga gratuita. Bejarano, Podestá, Sergio Monzón son algunos de sus autores. Libros de excelente acabado, abrochados a mano y de pocas páginas. El litoral, se sabe, tiene tradición lírica (Juanele, Calveyra, Durand) y a eso se dedica Gigante, pero entre sus títulos se puede encontrar un acabado libro de cuentos: Más feliz que la mierda, de Sergio Monzón, en la línea del realismo sucio. Iván Rosado, un joven sello rosarino, tiene una colección de poesía joven. Tapas que imitan las postales tridimensionales de flores, interiores muy cuidados. La colección tuvo prensa en Rosario y zona de influencia. Además, el sello ha incursionado en la novela con Arrivederci, Amor mío  de Agustín González, una lograda y extraña novela epistolar, algo anacrónica y por eso más interesante.

En Bahía Blanca tiene su sede 17 grises. En una primera etapa, la editorial recuperó el acervo literario, o parte de él, de la ciudad: Payró, Martínez Estrada, pero también Sergio Raimondi y Marcelo Díaz. También tiene su colección de teoría y crítica y en ese sentido asoma Escrituras Past de Juan Mendoza y Rodolfo Walsh no escribió operación masacre, de Sebastián Hernaiz; el primero en la tradición de Literal, el segundo más cercano la tradición de Contorno. Ha incorporado, también, en la ficción breve, al cordobés radicado en Lobos, Carlos Godoy, con un libro de cuentos muy singular: Can solar. Son cinco cuentros breves, de pueblo. En todos hay o pasa algo levemente corrido, inexplicable, terrible, oscuro, pero a la vez sumamente cotidiano. Presta atención a todos los aspectos de un relato: a la historia, a los personajes, a que haya un conflicto o una intriga; pero también presta atención a las frases, al clima, a la prosa, a construir una voz, y que esa voz tenga una relación con la historia, ese modo de contar esté en relación al clima de los relatos.

Entre los muchos sellos que se dedican exclusivamente a la poesía, sobresalen tres. Dos de ellos difieren en sus miradas sobre la última poesía argentina, pero son muy activos. Se trata de Stanton y Gog y Magog. Ambos traducen de otras lenguas e intervienen con fuerza en la discusión sobre el estado del género. Gog y Magog tiene una tradición más noventista y suele publicar obras reunidas de poetas con cierta trayectoria y predicamento: Villa, Rubio, Rojo; la editorial ya tuvo un rediseño de sus tapas y actualmente predominan las tramas en sus portadas. Stanton publica poetas de la misma generación y también rescata obras de escritores fallecidos; es el caso de títulos como los de Leónidas lamborghini y Ricardo Carreira; en sus tapas predomina la foto con fuertes intervenciones tipográficas.

Otra editorial dedicada a la poesía es de muy reciente aparición: Determinado Rumor. Es una editorial de libros electrónicos. Los libros se bajan gratuitamente de su página y se puede hacer una donación. Publica autores jóvenes y no tanto. El diseño de sus portadas recuerda el grafitti callejero e interviene en la discusión sobre el canon. Fiebelkorn, Arteca, pero también Mariano Blatt integran su catálogo. Los ofrece en formato Epub, apto para leer tablets, e-readers y celulares. La distribución, como todo en internet, es infinita.

La más nueva de las editoriales a la que me dedicaré es Los-proyectos. Se dedica a la narrativa, más específicamente al cuento. Tiene un sistema de pago similar al de Determinado rumor. Sus portadas son grabados en blanco y negro con familias tipográficas pensadas para cada tapa. Marcelo Cohen, Selva Almada, Federico Levin y J.P Zooey. De Zooey se puede leer un excelente cuento, Tom y Guirnaldo, de dos militares que están afuera de la historia. Los militares argentinos, en esta etapa de nuestra historia, no los policías, parecen haber sido expulsados de la Historia.

El capital que se requiere para montar una editorial de libros electrónicos es mucho menor y de otro carácter que el de una editorial tradicional; las destrezas que se requieren, los saberes, son de muy distinto orden y a la industria tradicional le cuesta pensar que sus libros pueden ser ofrecidos en esos formatos y que eso implicaría otro modo de gestionar esos productos, otra difusión, otra manera de editar; tal vez, otros editores. Pero la mayoría de los lectores se pasa horas delante de las pantallas de sus tablets o computadoras. Esas dos últimas experiencias que reseño son proyectos pensados en digital. Con otro capital, con otras destrezas, le disputan a las editoriales tradicionales lectores muy parecidos.

Las editoriales “independientes” se cuentan por cientos, entre ellas una gran parte publica literatura. Según datos del ISBN se editan 30 libros por día. Este no pretende ser un examen intenso, pero al menos dar cuenta de la diversidad de sus apuestas y recorridos, de las nuevas  maneras de relacionarse con el lector y de cómo aprovechan las posibilidades de las nuevas tecnologías. Todas tienen perfiles en las redes sociales y tienen, también, sus estrategias de prensa. En todas, también, se aprecian fuertes apuestas por políticas de autor. Más allá del boca a boca o de estrategias virales por internet, todas descansan en la figura de uno o varios editores. Tal vez más que nunca, los editores y su destreza en la confección de los catálogos tienen un peso fundamental. Los pulgares para arriba en los perfiles de Facebook no alcanzan para poner un libro en circulación, mucho menos un autor. Hacen falta, cada vez más, expertos. Todas las editoriales a las que me referí se especializan en la producción literaria de una región del país o en una zona de la literatura; todas son autogestionadas, a veces producto de los debates de grupos de escritores. Las editoriales medianas espían sus producciones; las más grandes, cada tanto, las copian. La palabra independiente ya no las nombra, no las puede nombrar.



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