REVISTA DE MARDULCE EDITORA
SETIEMBRE 2012 NÚMERO 03
NÚMEROS ANTERIORES
El niño y el adulto se vuelven expósitos: Elena Garro


La más grande escritora mexicana viva escribe sobre la más grande escritora mexicana muerta.

Vista de pronto, Andamos huyendo Lola de Elena Garro, podría entrar dentro de los dominios del kafkismo, “estaría a la sombra de sus temas”, según la expresión del recién fallecido Roland Barthes. Los procesos invisibles, los jueces implacables pero sin justicia, los absurdos en cadena, la persecución constante, los desplazamientos, el dios que castiga y está ausente y no parece dios, sino una sombra, y sin embargo, aterroriza, y en fin, hasta la metamorfosis de hombres en animales y viceversa.


Tranquiliza colocarla dentro de un cauce conocido y tranquiliza también unirla a una tradición nacional en donde entran ciertos escritores mexicanos híbridos, en busca de su identidad, como lo sería Carlos Fuentes, mexicano-extranjero por su infancia diplomática, Elena Poniatowska por ser hija de polaco y mexicana, nacida en Francia y Elena Garro, hija de español y mexicana, nacida en un paraíso insolado y primitivo que produce Los recuerdos del porvenir, novela que, según su autora, fue escrita en 1953, pero publicada apenas en 1965 (con lo que sería hasta anterior a Pedro Páramo y definitivamente anterior a Cien años de soledad), obras de teatro reunidas con el nombre de Un hogar sólido, cuentos conocidos como La semana de colores, 1963, una obra de teatro política Felipe Ángeles, otra casi inédita, La dama boba y, ahora, quizá, pronto, unas memorias.

Elena Garro en sí es un personaje de novela y su misma presencia provoca desazón: cada vez que su nombre aparece en los periódicos se producen miradas de recelo y preocupaciones galopantes, cada vez que se la menciona en una reunión se encienden las provocaciones y se propician los rumores. Casi podría decirse que es una apestada y como tal existe, alejada del país desde el 68, año sombrío en la historia mexicana que produjo reconocimientos y desgracias. Paz publica Posdata y renuncia al servicio diplomático, Elena Garro, se dice, denuncia a los jóvenes del 68, y por ello se autoexilia.

Su peregrinaje se relata en Andamos huyendo Lola, ¿libro de cuentos?, se inicia en México con un nombre simbólico, el de Niño Perdido, nombre de una calle que proviene de las oscuridades de la Colonia y que permanece, como nombre, tan desconocido como la procedencia y el destino del niño que la nombra. El niño perdido es el antecesor de Lola, ser fantasmático que se esconde bajo las camas y dentro de los armarios, aunque de entrada sea un niño extraviado que pide ayuda a una pareja de mujeres que parecen decentes pero que están tan extraviadas como él, primero porque son rubias en un país de morenos y luego porque huyen, son perseguidas. El niño huye de una persecución definida, la de sus padres, y su definición añade perplejidad a la indefensión de la huida de las damas que cumplen primero el viejo ciclo de las arrimadas, tan clásico en la novela y en la historia mexicanas. El niño se arrima a las que buscan refugio y lo único que produce es la catástrofe.

El segundo cuento, o segundo capítulo, es un relato fantástico, repleto de leyendas populares, de un cristianismo de ex voto, milagroso, tierno y cándido, pero también maldito. El tema principal es la orfandad pero a diferencia de la tradicional orfandad del niño expósito que puebla tantos relatos de novela folletinesca (entre ellos, la más conocida de las novelas mexicanas del siglo XIX, Los bandidos de Río Frío) esta orfandad sugiere una desprotección tardía que contrasta con el paraíso de la infancia. Infancia perfecta, luminosa, pero también violenta, semejante a la que se relata en Los recuerdos del porvenir, porque es una infancia donde la casa es un hogar sólido aunque sitiado, agujereado, primero, por la incapacidad de los padres, seres de fracaso, de irrealidad, y luego por una historicidad que se remata durante la guerra cristera, es decir, remata el pasado porfiriano que empezó a aniquilar la Revolución, y que prosigue en cierta forma durante el régimen del general Calles, por la persecución de la Iglesia y la prohibición del culto. Elena se coloca a la vez del lado del cielo y del infierno, es católica y cristera, lucha contra los esbirros de esa revolución que no resuelve la miseria ni liquida la orfandad; cree en Dios como soldado, y su ambición es ser general del ejército, pero al mismo tiempo lleva en ella el germen del pecado, el absoluto y pérfido deseo de la desprotección, la necesidad de purgar una culpa, el imperioso mandato de la cercanía con la muerte.

Y así sus juegos infantiles son tan peligrosos que colindan con la muerte: se juega al niño ahogado y se sumerge a los hermanos en el pozo o se coloca a otro hermano en un tinaco que se vuelve horno. El paraíso es imperfecto y predice la orfandad: Elena será una huérfana del porvenir, una niña expósita pero ya en la adultez desprotegida de los hostales miserables y los cuartos de pensión.

La persecución inicial, la que se gesta y realiza en territorio nacional, conduce a una desprotección general en la ciudad más desprotegida del mundo, la ciudad de mayor orfandad del orbe, Nueva York. Allí se sitúa el cuento que da nombre a todo el texto (en realidad una novela de estructura curiosa y fragmentaria) y en un inmueble situado en Park Avenue un judío austríaco desterrado por el nazismo (quizá) quiere proteger a los desvalidos y les ofrece un mes gratis en su edificio de departamentos. Los desvalidos son siempre ingratos: su desvalimiento los invalida y empieza a gestarse un sainete trágico semejante a esas películas de Woody Allen en donde todo es gracioso pero a la vez trágico, absurdo. Y todas las razas y todos los perseguidos del mundo, los apátridas se reúnen pero no se juntan; repiten las memorias del subsuelo de Gorki por la falta de solidaridad, por la irrisión de una vida que se vuelve pública aunque pretenda ser privada, por la irrupción de mafias de minorías perseguidas y persecutorias: negros, judíos, rusos, argentinos, italianos, hasta neoyorquinos, homosexuales, lesbianas aparecen y desaparecen de un edificio elegante pero llenos de andrajos, de wellfare, de recuerdos de un mundo que se determina por una carta de identidad. Y el filo de la navaja hace caminar a los expatriados y se vuelve causa, destino, vida. Nadie sabe ya de dónde huye ni adónde huye, sólo sabemos que andamos huyendo Lola.

La huida se asocia con un curioso incesto, el que une a una madre con una hija y se reproduce en juego alucinante de espejos en la casa de departamentos de Nueva York y Lelinka y Lucía, las protagonistas, sufren una serie de accidentes demasiado realistas pero contados de tal forma que se vuelven metáforas y también parábolas. Hay algo evangélico en la huida, algo misterioso que se realza por el engaste realista que en sabia mezcla Elena dosifica. Podría alegarse alguna teoría freudiana pero en verdad siempre se le trasciende: el incesto es tan impalpable como la persecución: su absoluta realidad es apenas la marca indeleble de su perfecta irrealidad, de su inaprehensibilidad. Elena lo subraya al hacer referencia a otra historia que se hermana con la suya, la que relatará en forma magistral el protestante puritano Hawthorne, esa carta escarlata que une casi todos los cuerpos de la madre y de la hija con un hilo de seda rojo marcado en la vestimenta y traspasando las carnes: la marca gigante y siniestra del cordón umbilical, la incapacidad de romperlo, la continua gestación y el imposible parto.

La que ha sido demasiado hija es en cierto modo la hija de su hija aunque también sea a veces su hermana, casi nunca su madre. Esta pareja siamesa se repite y se vuelve grotesca al enfrentarse al espejo de dos mujeres negras o de dos norteamericanas que descienden del lujo al abandono y la persecución policial, pero también a la persecución de los grupos marginados del establishment, a las distintas mafias gangsteriles que amenazan a los inquilinos y destruyen una hermosa tienda de joyas conformadas como mariposas brillantes y perfectas. La volatilidad del texto se confirma y los extremos se reúnen y demuestran una promiscuidad sagrada, una relación mítica de Deméter y Core, convertida después en Perséfone, un descenso a los infiernos donde la madre busca a la hija, y la hija a la madre en relación de llanto y de muerte.

Furio Jesi estudia el mito del niño Dios abandonado que se recupera al llegar a la adolescencia y se convierte plenamente en Dios. Este ciclo lo recoge el folletín y también lo ha recogido Elena Garro al principio de su texto, pero el viejo mito de la orfandad que puede transexualizarse es en principio un mito masculino en el que caben Edipo, Moisés, Perseo, David Coperfield, y el Ión de Eurípides, también Juan Robreño de los bandidos de Rio Frío, y el Niño Perdido que organiza los primeros relatos de la ¿novela? de Elena Garro.

Mas se produce la metamorfosis y el niño se ha vuelto niña y la orfandad es la separación de la hija y la madre y la persecución señala hacia una posible separación, la separación infernal que cercenó a Deméter y que la hizo volverse Perséfone, la portadora de la destrucción, porque ha sido robada por Hades, dios de los infiernos, y porque ella misma ha comido las semillas de la granada, semillas de la muerte. Y la persecución real, la muy concreta y pedestre persecución, pedestre por su cercanía con lo más prosaico, acaba colocando al polvo en dimensiones míticas.

La madre de La carta escarlata, Hester Prynne, permanece aherrojada a su hija bastarda, Pearl, pero cuando ésta llega a la adolescencia se separa de ella e inicia el camino de las doncellas, se casa y abandona a su madre. Core nunca se separa de Deméter y sólo es desgraciada y portadora de desgracias cuando está lejos de ella. Las dos mujeres se autoconciben y se gestan, mantienen vivo un régimen placentario y para poderlo perpetuar se exilian, viven fuera de la casa, porque la llevan consigo, como los caracoles.

La madre lleva prendida a su hija dentro del vientre y la hija permanece en él aunque a veces sea ella la que recoja dentro de su vientre a la madre. Su relación es eterna, mítica, perdurable, aunque para ello se tenga que vivir huyendo, como vivieron siempre aquellas que alternaban tierra e infierno, sabiendo siempre que al final del camino esperaba éste, siempre interminable, a veces atenuado por las reuniones furtivas y pecaminosas. Andamos huyendo Lola tiene que ver con los campos de concentración, con la vileza de la cotidianeidad del mundo contemporáneo, con los agentes aduanales, con las orfandades de pobreza y cambios sociales, pero también con una reiteración del universo femenino, a veces desmelenado, semejante a las Erinias salvajes y sangrientas, paradas sobre los techos, ecos de Casandra que profetiza miserias al haber sido separada de su madre Hécuba, y convertida en Hécate o en Medea, mujer vengativa que grita y castra consciente de ocupar un sitio que de algún modo le arrebata el mundo.

Texto extraído de Esguince de cintura. Ensayos sobre Narrativa mexicana del siglo XX, Conaculta, lecturas mexicanas, 1994. Se reproduce con autorización del autor.



OTRAS NOTAS DE ESTE NÚMERO
El niño y el adulto se vuelven expósitos: Elena Garro
Margo Glantz
Pequeñas editoriales: catálogos razonados
Damián Ríos
España: la situación del mercado editorial
Liborio Barrera y Julián Rodríguez
La muñeca viajera (sobre Kafka)
César Aira
Escritor de trazos
Victoria Schcolnik
Cómo suscitar el pasado
Martín Kohan