prensa Selva Almada
 

Titulo: El viento que arrasa
Autor: Pedro M. Domene
Fecha: 12 de Noviembre de 2015
Fuente: Lc. Libros


Selva Almada es una joven argentina que nació en Entre Ríos en 1973, autora de los libros Mal de muñecas (2003), Niños (2005) y Una chica de provincia (2007). Forma parte de diversas El viento que arrasa315antologías de cuentos, entre ellas Die Nacht des Kometen (Alemania, 2012). Ha publicado dos novelas, El viento que arrasa (2012), donde Almada, como una paisajista, se detiene en detalles mínimos para captar el modo que tienen los personajes de relacionarse con la soledad y el silencio; y lo hace con naturalidad; y Ladrilleros (2013), ambas en Mardulce, que hace un año iniciaba su andadura editorial en España.
El viento que arrasa (Mardulce, 2015) empieza cuando el reverendo evangelista Pearson y su hija Leni se ven obligados a retrasar su llegada a Chaco por un fallo mecánico en su vehículo. Una camioneta los remolca hasta una vieja estación de servicio. Allí regenta un taller mecánico el Gringo Brauer y su ayudante Tapioca, un adolescente que está bajo su tutela desde que su madre se lo confió. Ambos se encargarán de la avería que, sin embargo, se demorará algunas horas, el tiempo suficiente para que Selva Almada nos presente, desde el principio, su historia y a unos curiosos personajes, sobre todo inestables, envueltos en deseos individuales y en conflictos mayores que exceden a una quebradiza voluntad, una tensión que planea sobre ese aspecto calificado tanto individual como colectivo. Leni la padece cuando percibe un desfase entre su padre, el pastor, que acerca “paraísos eternos” a multitudes deseosas de fe, aunque el hombre sea incapaz de brindarle a su hija un paraíso pequeño, terrenal, simple, como una casa, una madre, o un jardín donde jugar con sus amigos. O el intento del Reverendo Pearson de ganar para Cristo al joven Tapioca, un alma pura, de recién nacido. Y lo va consiguiendo gradualmente a lo largo del relato, hasta hechizarlo con sus palabras y con sus mensajes del Reino de los cielos, y el Fin del mundo. Poco a poco el Gringo va observando el entusiasmo religioso de su ayudante e hijo adoptivo, algo bastante incómodo para él, porque solo cree en la revelación de la naturaleza y sus circunstancias, y considera a la religión cosa de débiles. Se apura en arreglar el coche averiado para alejar al pastor de su casa, pero una tormenta se interpone. Por su parte, el Reverendo empieza a operar tácticamente y se propone convencer al Gringo para que deje que Tapioca los acompañe, al menos solo por unos días.
Novela de trama sencilla, avanza acompasadamente con momentos de intensidad y hasta de tensión para convertir el texto en una urdimbre narrativa que contrasta el alma de criaturas con el paisaje y el determinismo propio del hábitat donde se desarrolla la novela, y la narradora recurre a abundantes episodios del pasado para contar la historia de los cuatro personajes, y salirse así de los límites del presente; una posibilidad de conocerlos más íntima y vivamente, unos seres que casualmente se han encontrado en las cercanías del pueblo chaqueño Gato Colorado, en la frontera entre Santa Fe y Chaco, lugares mágicos de un hermoso país como Argentina.

 

Titulo: El viento que arrasa
Autor: Ernesto Calabuig
Fecha: 12 de Noviembre de 2015
Fuente: El cultural


Aparece ahora en España El viento que arrasa, la novela con la que, en 2012, Selva Almada (Entre Ríos, Argentina, 1973) cosechó un gran éxito de crítica, ventas y traducciones. Entretanto aquí nos había llegado, el pasado año, la espléndida Ladrilleros, donde el esclarecimiento de un crimen entre adolescentes de barriada daba pie a que la autora mostrara todo un tejido social brutal y desfavorecido, el de quienes vienen al mundo con las cartas del destino terriblemente marcadas.

El viento que arrasa nos cuenta una historia que surge de un azar: la avería de un automóvil deja a un fanático predicador (el pastor protestante Pearson) y a su hija Leni en medio de la nada del norte de Argentina, en la provincia de Chaco. Van a parar al taller mecánico/desguace del gringo Brauer y su "hijo" Tapioca.

Pronto sabremos de la vida nómada y el desarraigo que acompañan a Leni desde su nacimiento, al compás de los pasos misionales del fervoroso sacerdote: "Hacía muy poco que había dejado la infancia, pero su memoria estaba vacía. Gracias a su padre, [...] sus recuerdos de la niñez eran el interior del mismo coche". Antes de que el coche se averiase, habían recorrido la provincia de Entre Ríos, bajando por el río Uruguay hasta Concordia y la ciudad de Paraná, que propicia un breve, hermoso y desolador regreso a un mundo ya desaparecido a ojos del reverendo. Padre e hija iban de camino a visitar a otro religioso amigo, el pastor Zack, para la inauguración de un templo en un paraje de monte.

Pero el lugar de esta novela ágil y deslumbrante no se localiza sólo en el poderoso espacio físico y en la gran descripción del paisaje y su influencia, sino en la dialéctica entre Pearson, Leni, Brauer y Tapioca en las horas que transcurren aguardando la reparación del auto. Por diferentes razones, ambos adolescentes, Leni y Tapioca, padecieron la ausencia materna y tuvieron que crecer en unas condiciones de austeridad y dureza que conformaron su actual carácter. Una gran tormenta física y simbólica caerá sobre todos ellos. Predicar es un salir a escena, y en eso Pearson es un maestro de la seducción por la palabra y el gesto. No es casual el intercalado de sus enfebrecidos sermones y que se plantee con hondura y sutileza el asunto de la sinceridad de quienes intervienen sin tapujos sobre la conciencia de los hombres.

Como en Ladrilleros, Selva Almada despliega su maestría en la creación de atmósferas crecientes, donde el azar propicia o apunta hacia la tragedia. Hay un gran análisis de la psicología de estos personajes humildes y desamparados. La adecuación y naturalidad de sus diálogos, con la riqueza de coloquialismos, dota de vida y verosimilitud a un texto en el que alienta de fondo el asunto de la libertad de conciencia y los peligros a los que conduce el fanatismo y sus imposiciones.

 

Titulo: El viento que arrasa
Autor: Jesús Rojas
Fecha: 12 de Noviembre de 2015
Fuente: Me libro


Nos complace en melibro hablaros por fin de la segunda novela de Selva Almada que ha llegado este año a España.

Con motivo de la promoción comercial que desde el pasado mes de septiembre Mardulce dedica a ‘El viento que arrasa’, la autora visitó España e hizo una serie de concesiones a distintos medios de comunicación, como fue la entrevista realizada para el diario El País. El título no pudo ser más sugerente: “Selva Almada, la escritora rural que sale al mundo”.

Había leído los dos anteriores libros de Selva, uno de ellos recientemente reseñado en melibro, y esa ruralidad proclamada, algo reluciente en ‘Ladrilleros’, cobra su máxima expresión en ‘El viento que arrasa’.

Un taller en medio de la nada de un secarral del extenso campo argentino, regentado por un norteamericano, es el sitio de encuentro del mecánico y su hijo con el Reverendo Pearson y su hija.

La vida nómada de Pearson le convierte en un inmejorable aliado de Selva Almada para que ésta pueda desarrollar una novela campestre. Soltero en extrañas circunstancias pero con una hija, es todo un trotamundos al volante de un maltrecho coche que más pronto que tarde le iba a dar un disgusto.

El “miedo” que el lector puede sentir al leer a Selva Almada si conoció el pasado año su aterrizaje con ‘Ladrilleros’, donde el dialecto argentino jugaba un papel importante en la comprensión de la obra, debe ser ahora de nuevo, al igual que sucedía con ‘Chicas muertas’, olvidado. Y es que yo creo que después de haber pasado esa “primera prueba” que publicó Lumen, Selva Almada da una larga tregua al lector español para que pueda entenderla mejor.

Conocer ‘El viento que arrasa’ ha significado adentrarme en una de las lecturas más gratificantes que he tenido ocasión de disfrutar en estos últimos meses, y de una autora como Selva Almada que es, sin duda, uno de los escritos más de moda del momento. Con esta novela, aunque sería un poco osado por mi parte adelantarlo, creo que estará en el TOP TEN de libros del año que melibro está preparando

 

Titulo: Los justos
Autor: Fernando Menéndez
Fecha: 12 de Noviembre de 2015
Fuente: Las formas del mundo



"Los caminos del señor son insondables", eso debió de pensar el Reverendo Pearson cuando, acompañado de su hija, conducía su coche por tierra de nadie, lejos de las leyes de los hombres. El vehículo se quebró. Necesitaba ayuda. Apuraron hasta una aldea y encontraron un taller. El del Gringo Brauer y su ayudante: un muchacho al que llama Tapioca. El Reverendo trata de dar sentido a su nueva vida alejándose de lo mundano. Tiene bien asentadas sus motivaciones, ya levantan varios pies del suelo. Lean si no, lo que afirma el narrador de "El viento que arrasa": "A partir de aquella mañana, el Reverendo Pearson se presentó como un pastor viudo con una pequeña hija a su cargo. Un hombre en su condición genera confianza y simpatía. Si un hombre a quien Dios le ha arrebatado a su esposa en la flor de la juventud, dejándolo solo con una niña de pocos años, sigue adelante, firme en su fe, inflamado por la llama del amor a Cristo, ése es un hombre bueno, un hombre a quien hay que escuchar atentamente."
Ese es el Reverendo: un vendedor puerta a puerta, un hombre que confía todo a la palabra. Así aparece en esta breve novela, una muestra del valor literario de la argentina Selva Almada (Entre Ríos, 1973) que, con cuatro libros se ha convertido ya en una referencia inevitable de la literatura en su país: los relatos de "Una chica de provincia", la crónica "Chicas muertas", la novela aquí comentada y "Ladrilleros" (finalista del Premio de Narrativa Tigre Juan, 2014).
No son equivocados los vínculos que la crítica establece entre su obra y las de Onetti y Rulfo; o de las norteamericanas Carson McCullers o Flannery O'Connor. Vínculos que vienen por la capacidad para crear una atmósfera y convertirla en personaje; para que nos diga sin decir aquello que nadie ha dicho. Vínculos que vienen por hacer del lenguaje no sólo un vehículo, también un protagonista. Pues en "El viento que arrasa" flota la conocida teoría del iceberg de Hemingway y que reformuló Ricardo Piglia en su "Tesis sobre el cuento": en todo relato hay dos historias, la que vemos en la superficie y la que discurre subterráneamente. Una, la leemos. Otra, la intuimos.
El azar y la morosidad van estableciendo una dialéctica entre el Reverendo Pearson y el Gringo Brauer. El clima va enturbiándose sutilmente en tensión. El Gringo, como contrapunto, es un hombre de pocas palabras. Prefiere los hechos. Lo mismo que su ayudante Tapioca: la prueba (lo iremos sabiendo) de que Brauer también tuvo otra vida. Ambos viven sin retórica, ocupados en sus quehaceres diarios, sin más horizonte que el poblacho en el que viven: amparados y a la vez desafiados por el paisaje. Brauer y Tapioca carecen de intermediarios, son meras extensiones de su entorno: "Pasaban horas, quietos debajo de los árboles, desentrañando sonidos, ejercitando un oído de tísico que fuera capaz de distinguir el paso de una lagartija sobre una corteza del de un gusano sobre una hoja. El pulso del universo se explicaba por sí mismo."
Y después está Leni, la hija del Reverendo, resignada y expectante ante cualquier suceso que interrumpa las rutas planeadas por su padre. Tapioca podría ser un buen motivo, pero "los caminos del Señor..." Selva Almada sazona la novela con pequeños capítulos en cursiva (esa cursiva genuflexa) donde se refleja la palabra salvífica, el verbo de Dios al servicio de las ovejas descarriadas.
Aquí se genera el punto de fricción entre el Gringo y el Reverendo. Dos hombres, cada uno con un chico a su cargo. Cómo justificarse ante el mundo. La necesidad de hacerlo (el Reverendo) o la carencia de esa obligación (el Gringo).
La novela va alternando mundos separados que se encuentran bajo un ambiente tormentoso y de sobrentendidos. En el capítulo 16 del libro se vislumbra el conflicto. Se vislumbra a través de un perro bayo que tiene y no tiene amo. Es admirable cómo Selva Almada logra concentrar en el chucho y su particular sensibilidad, el carácter y el sentido de toda la novela. Una suerte de epifanía, de calma previa: "Ese olor era muchos olores a la vez. Olores que venían desde lejos, que había que separar, clasificar y volver a juntar para desvelar qué era ese olor hecho de mezclas".
De la estrategia del Reverendo ya supimos primero: "Prefiere el polvo de los caminos abandonados por vialidad nacional, la gente abandonada por los gobiernos, los alcohólicos recuperados que se han convertido gracias a la palabra de Cristo..."
El diluvio acaba cayendo, la lluvia gruesa, la tronera. No habrá consuelo bíblico para el que calla; para quien lo fía todo a sus manos, a su trabajo.
Es el momento de recordar alguno de los versos de "Los justos", el poema de Borges: "Un hombre que cultiva un jardín, como quería Voltaire (...) El ceramista que premedita un color y una forma (...) El que acaricia a un animal dormido (...) El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho."

 

Titulo: "Yo no hago documentalismo literario con mis novelas"
Autor: Hinde Pomeraniec
Fecha: 02 de Febrero de 2015
Fuente: La Nación, Cultura


Hay una luz que ingresa por la ventana, una luz de mediodía que se abre generosa sobre el rostro de Selva Almada y por momentos lo convierte en una pintura renacentista. El ir y venir de los mozos de Las Violetas y el murmullo de los habitués de la confitería acompañan su relato: el de una escritora que se sumó al elenco privilegiado de autores argentinos que se leen aquí y en el extranjero y lo hizo casi desde el vamos, con su primera y celebrada novela, El viento que arrasa. Le siguió otra novela, Ladrilleros, y Chicas muertas, un libro que abreva en la crónica como género para narrar tres historias de crímenes de mujeres jóvenes del interior del país. "Me gusta que cada libro sea diferente", dice, con ánimo programático.

Cada vez que leo a Flannery O'Connor descubro otra cosa. Hay una cuestión con la oralidad de sus personajes que me sorprendió mucho cuando la leí por primera vez. En la literatura argentina siempre esta cuestión de la oralidad está emparentada con la gauchesca o a un costumbrismo que no me gusta para nada. Flannery y Carson McCullers eran lecturas recientes cuando escribí El viento que arrasa, y por eso la novela está impregnada por esa literatura. Y fue esa oralidad lo que traté de reproducir en Ladrilleros. Me interesaba poder usar y transformar la realidad en una poética, no transcribir la oralidad. En Ladrilleros creé un híbrido de palabras que sí son del Chaco con otras que me resuenan de mi infancia en Entre Ríos y con palabras del conurbano bonaerense. Quería incorporar ese lenguaje, pero a la vez transformarlo. Cada vez que me dicen: "Tu literatura es hiperrealista", no estoy de acuerdo. Tiene mucha conexión con la realidad, pero es un universo transformado, no es un documental. Yo no hago documentalismo literario.

Un relato largo como bisagra. Antes de las novelas había escrito "Intemec", un relato que trata sobre unos tipos que hacen cableados entre pueblos. Un día, un obrero chaqueño, un indio, tiene un accidente, muere y mandan a dos compañeros a llevar el cuerpo. Gran parte del cuento transcurre en la ruta. Cuando lo terminé pensé: voy a hacer un libro de cuentos con historias que transcurran en la ruta arriba de un auto, entre Entre Ríos y Chaco. Y pensando qué otras actividades podían llevar a alguien a pasar muchas horas arriba de un auto, me acordé de las primeras veces que fui a Chaco y cómo me impactó la cantidad de iglesias evangélicas que había. Entonces pensé en la figura del pastor itinerante, que terminó siendo Pearson.

Me gustan los personajes contradictorios. Yo le creía al pastor, sabía que Pearson era sincero como pastor, pero que a su vez era un mal tipo. Pero no quería que lo dijera el narrador; me parece deleznable eso de hacer el copete del personaje a través del narrador. Al mismo tiempo quería que el lector pudiese llegar a ver que Pearson era honesto. Fue ahí que pensé que si escribía tres o cuatro sermones donde se lo viera a él en su prédica de esa manera quizá podía ayudar a completar la idea que tenía del personaje.

Nunca había escrito escenas de sexo. Siempre las evitaba, porque cuando intentaba escribirlas o eran muy estilizadas o eran muy vulgares. Me incomodaban esas escenas, entonces las evité, como los diálogos, que al principio no me salían, entonces mis personajes no dialogaban. Con Ladrilleros me daba cuenta de que todo lo que había tenido de contenido la primera novela, porque lo demandaban el argumento y los personajes, en ésta, por lo mismo, tenía que ser explícito y desbordado. Y violento. El sexo era un elemento importante en la novela, porque se trataba de personajes calientes, virulentos, viscerales. Esas escenas tenían que estar. Otra cosa por la que me interesaba encarar esas escenas es que siempre hay una mirada en relación con el sexo entre los pobres asociada a la reproducción o a la prostitución. El sexo en la pobreza está asociado con lo feo, lo sucio, el abuso. Me interesaba mostrar que hay un erotismo en las clases bajas y que sus relaciones sexuales son gozosas, alegres y fogosísimas; no sólo tienen sexo para reproducirse o prostituirse.

Para mis ficciones me manejo con lo que sé. Para Ladrilleros, no necesité investigar: sé cómo vive un homosexual en un pueblito perdido de la Argentina y sé que la pasa muy mal. Y en cuanto a la cuestión religiosa de El viento que arrasa, había tenido amigas de la infancia de familias católicas cuyos padres se hicieron evangelistas. En un universo que conozco, prefiero trabajar sobre ese recuerdo y después inventar más que ir a ver hoy cómo es. En cuanto a Chicas muertas, el tema de la violencia contra las mujeres me interesa desde que empecé a darme cuenta de que no era tan natural como se me había aparecido en la infancia y la adolescencia. Mi madre se indignaba con estas cuestiones, pero no había un discurso político alrededor de eso. Me siento comprometida con el tema, pero tengo claro que no por haber escrito un libro sobre femicidio soy una especialista.

Creo que no se puede enseñar a escribir. Hay que tener un poco de talento, no es sólo técnica y disciplina. Los talleres no te enseñan a escribir, te ayudan a ver los conflictos y aciertos de un texto. Un coordinador no deja de ser un lector atento. Escuchar, marcar, ver por dónde puede ir el texto y dónde hay una cantera para escarbar y seguir sacando. Las técnicas existen, pero soy experiencia viva. Laiseca siempre me ha criticado que empiezo a escribir sin saber a dónde ir. No sé si mi narrativa tiene cosas de Laiseca, sí sé lo que le debo como escritora. Con él aprendí que hay que ser muy serio en el trabajo y que hay que tener una entrega muy especial.

SELVA ALMADA, 1973

Nació en Entre Ríos y vive en Buenos Aires. Estudió Periodismo y Letras y dicta talleres literarios junto con Julián López. En 2012, su primera novela, El viento que arrasa, se convirtió en una sorpresa celebrada por la crítica y los lectores, que llevaron a la independiente editorial Mardulce a publicar varias ediciones y a vender sus derechos a distintas lenguas. Siguió Ladrilleros (2013), que repitió el camino de reconocimiento. En 2014, su deseo de ser periodista encontró en Chicas muertas un espacio para concretar la escritura de no ficción.

 

Titulo: "Ladrilleros", de Selva Almada
Autor: Gaizka Ramón Melendo
Fecha: 18 de Diciembre de 2013
Fuente: Revista Vísperas


No debiera ser del todo reprochable reservar en cada ejercicio intelectual –desde el cálculo de una tirada de ajedrez a la reseña literaria– un rinconcito para la duda metódica. Lo contrario parecería indicar que uno opera desde un sistema de juicio perfectamente consabido, definitivo y certero. No solo me parece este miserere a veces implícito en la Crítica una ilusión inalcanzable; intuyo que tener tanto la razón sería hasta profundamente aburrido. En este pequeño disclaimer se resume mi actitud cuando abro un libro al azar: Ladrilleros, de Selva Almada. Lo que sigue –aviso para el que busque axiomas hermenéuticos– es una crónica de lo que ha pasado por mi mente la tarde de su lectura.

No me permito ni leerme la contraportada. Incluso la foto de la portada quiere decirme algo cuando la miro fijamente. No me interesa. Hoy se trata de Selva Almada y su segunda novela, Ladrilleros (2013, editorial Mardulce), por lo que el objeto de estudio empieza en la primera palabra de la novela y termina en la última. Anticípese algo para los impacientes: de uno a otro puerto he llegado bien, he llegado atento y he llegado admirado.

Ladrilleros es una composición de doscientas páginas que entreteje la historia de dos familias de una Argentina rural, abrasiva, de segunda mitad del siglo pasado. No por ser quizá una obviedad deja de ser cierto que la novela de Almada refleja tendencias latinoamericanas (tendencias que, sin ser exclusivas a ese continente, han sido abanderadas por su narrativa reciente). La receta es más sofisticada en la mente de la autora, pero podemos apuntar el ingrediente clave: un interés por la familia como núcleo narrativo, protagonista colectivo y resultado de la realidad que lo circunscribe. En ese escenario, el de dos familias rivales dedicadas a la fabricación y venta de ladrillos, Almada muestra. Muestra las estructuras de poder patriarcales, que pasan por llevarse a una adolescente al baile, preñarla en un descampado y de ahí sacar familia; que pasan por volver a casa hediendo a alcohol cada madrugada, el sueldo desaparecido de los bolsillos; que pasan por palizas al hijo mayor, abusos sexuales al hijo pequeño, y padres que al final toman las de Villadiego, sea renegados o muertos. Con el hogar como sede argumental, Almada muestra cuánto cala la infancia en la personalidad adulta, cómo en las esposas rige la convención igual que el saber jugarle al marido, cómo la vida puede devenir un azar constante cuando uno está abocado a sobrevivir en un medio hostil. Almada muestra, en definitiva, el paso del tiempo ejerciendo su efecto en padres e hijos, en responsabilidades plúmbeas, en expectativas, en visiones de mundo, en rencores latentes, en malas lenguas del entorno.

Y a todo esto, ligero psicologismo mediante, se aúnan estéticas que Almada sabe combinar con destreza: la de novela policial, que logra generar su tensión característica sin caer en un jueguecito de detectives; la de novela erótica, con revolcones y pezones entrevistos para espabilar a más de uno; la de novela de adolescencia, a la cual exprime su jugo en escenas de discoteca, dilemas de sexualidades confusas y rápidos diálogos de argot argentino (pasen y aprendan los “gallegos”, no haya remilgos de lectores europeizantes).

De manera importante, la aguja en la que se enhebra este ir y venir de vidas y muertes (ambos parecen, por momentos, fortuitos) es siempre la misma: la prosa cuidada de Selva Almada. Una prosa que, si me perdonan la metáfora, cabría bautizar como “prosa flor”: transparente sin ser simplona, plástica sin esfuerzo aparente, lírica sin ofuscamiento alguno. Lo de “prosa flor” no va con mofa ni cursilería. Es un pensamiento poético lúcido que no impide vehicular el mensaje con claridad. Es un cumplido que permite emparentar a Almada con otros genios del estilo, pienso en lo delicado de Arundhati Roy (The God of Small Things) y lo crudo de John Berger (King: A Street Story).

A mi juicio, Ladrilleros es una novela lograda, armónica, escrita con un estilo que ni incurre en rechinamientos ni se rasga las vestiduras para conmover al lector. Podrá cada etapa de la historia gustar más o menos, según el lector. A un servidor, todo sea dicho, los enredos sentimentales le rozan por momentos con la telenovela, predecibles en demasía y prematuros en su desarrollo cuando tratan de buscar esa revelación personal, eso que los griegos llamaron anagnórisis y que en Ladrilleros (ahí va un adelanto) se traduce en una salida del armario por todo lo alto.

Vale la pena conocer a los Tamai, a los Miranda y a sus problemas de personajes que tanto resuenan fuera del libro. Al argentino, por el mero placer de conocer a sus contemporáneos, y al foráneo, aunque solo sea por lamentar la brecha editorial entre países hispanos con más fundamento, les sugiero lo mismo: Ladrilleros, Selva Almada, Editorial Mardulce.